Con cara de niño
— ¿Cómo te llamas? le pregunté.
Era un muchacho delgadito, moreno claro, con el pelo a rape y cara de niño. Su tez era un poquito ceniza y de tenue color amarillo. Traía puesta una playera negra, con motivos acerca de la muerte que le quedaba muy grande, al igual que los pantalones cortos debajo de la cadera. Calzaba tenis de marca, desabrochados con las agujetas originalmente blancas arrastrando y calcetas grises. Un arete de brillante adornaba su oreja izquierda y su antebrazo derecho mostraba el tatuaje pequeño de la virgen de Guadalupe.
Nunca había visto a un cholo tan de cerca.
El muchacho-niño estaba internado en un centro de rehabilitación para jóvenes con problemas de adicción a las drogas…
Reconocer y asombrarse
La adoración es una cuestión de posiciones, comencemos por eso. Si es verdad lo que dice la Biblia, Dios es creador y yo criatura. Adorar es admitirlo y plegarse a esa realidad.
Ahora movámonos así, de ladito, hacia el terreno de la alabanza.
Sucede que cuando te quedas callado pensando y miras que el mundo, la negrura del cielo con confeti de estrellas y el universo todo tienen sentido con un creador, y cuando además le agregas que las circunstancias de la vida parecen todas tener intención y rumbo, entonces tu alma pronuncia, qué te gusta, un “ah” largo que significa “conque sí, ¿eh?”, pero de asombro, o un “¡¡wow!!” para estar a tono con la moda, entonces estás adorando.…
