Murió Jesús. O lo mataron, mejor dicho. La intriga descarnada, sucia por donde se le vea, está registrada en la Biblia. Fue un asesinato, un complot de las autoridades establecidas y, por ello, la peor muestra de la corrupción del poder. El agravante fue que la víctima era la fuente del único bien posible, de la justicia residual que deambulaba...
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