Dios perdió el sentido. ¿Lo desquició la magnitud inconcebible de su universo y la complejidad avasalladora de su creación?
Hizo una fuente de un millón de galaxias para bañar con chorros de rayos de alta energía la negrura del cosmos, como faro de gigantes en un mar de nebulosas.
Tiene un racimo de estrellas a la izquierda y cuatro montones de estrellas a la derecha; todas danzan jocosas por siglos.
En mil planetas hablan de su Creador; en diez mil planetas cantan con risas a su Creador; en infinidad de planetas oran quedamente a su Creador. Todos buena gente, todos feliz gente.
Si paseas a baja velocidad te deja sin aliento la abrumadora variedad de la zoología de los mundos. La fértil imaginación del Padre de la vida hizo vegetales aromáticos, cromáticos, exquisitos. Inspiró a geniales cocineros universales para transformarlos en platillos seductores.
Si caminas por las calles de los mundos de Dios observas el milagro repetido de manera milenaria: una ella y un él tomados de la mano, caminando con el tiempo detenido, suspirando de amor, inundados de amor. Todo, invento de Dios.
No obstante esa perfección y armonía, en un rincón oscuro y lejano, en una calle sin salida, un barrio olvidado carente de nombre, en un lugar apenas polvo del camino, una raza maldita se muere, de pena y de lepra del alma. Se matan los insignificantes entre ellos; incendian su pequeño planeta azul; lo reducen a cenizas y se jactan con mirada retadora.
En el promedio de la perfección del universo de prodigios, gigantesco y masivo esa mancha terrestre es nada, menos que nada. Se podría simplemente elegir mirar a otro lado porque al fin se destruirá solo. Es cosa de tiempo.
Pero Dios piensa diferente: ha enloquecido de amor, no duerme ya, tiene el alma en un hilo, le duele ese grano de arena, no lo deja dormir. “¡No puede ser, Dios! ¡tú mandas! ¡puedes deshacerte de esa molestia en un instante!… tienes mucho cosmos disponible que sí te respeta y te honra, ¿por qué te importan tanto esos rebeldes, enfermos terminales, condenados a muerte, de corazón de piedra, traicioneros siempre, ingratos? dime ¿por qué te importan?”
Dios no duerme, no estará en paz sino hasta que haya hecho todo lo posible por recuperar lo que ama con tal intensidad. Dará a su hijo, rescatará lo perdido, volverá la paz.
Habitante del rincón oscuro: ¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti! (Isaías 60:1 NVI).
