El rabino, o sea, el maestro, escuchó al jovencito con atención. Los otros niños estaban desconcertados: no recordaban haber visto antes a este muchacho en su clase, sin embargo, se quedaron maravillados por la fluidez notable con que recitaba su parte. El rabino Chaim no se impresionó en lo absoluto. Se volvió hacia el joven y le dijo: “por favor, dile a tu padre que hay mejores formas de ganarse unas monedas”. Dicho esto, despidió al muchacho.
Los estudiantes se quedaron sorprendidos. “¿Cómo supo el rabino?” Su curiosidad los obligó a preguntarle al rabino Chaim. Él sonrió mientras les respondía. “Hay dos maneras de leer la Guemará. Una es siendo llenos de espiritualidad: el cuerpo del niño se balancea y se llena con la emoción de la Torá. La otra manera es simplemente recitándola, de memoria. Este jovencito carecía del fuego y la verdadera alegría que los niños judíos tienen al estudiar la Torá, de Génesis a Deuteronomio. Por eso supe que él no era uno de nosotros”.
Hace algún tiempo recibí esta historia en un correo electrónico y me hizo reflexionar sobre la forma como acostumbro a leer la Biblia. En más de una ocasión he sentido que se trata de un deber y la he leído como si fuera tarea. Otras veces la he investigado para satisfacer mi ansiedad de conocimiento o por curiosidad. Hasta debo reconocer que hay ocasiones cuando me ha dado flojera abrir la Biblia, no importa que esté en forma de libro o de ebook, pues me conformo con repetir mentalmente el texto que aprendí de memoria.
Pero mi necesidad espiritual sólo queda satisfecha cuando puedo saborear su mensaje. No soy el primero en reconocer este efecto. Ezequiel tuvo esa experiencia y Jeremías se llenó de gozo al “devorar” la Palabra de Dios. David también escribe sobre lo dichoso que es el hombre que en medita de día y de noche en la Torá, la Ley de Dios.
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Ojalá tuviéramos ese gozo al leerla.
Y si lo vamos desarrollando? =)