Ocurrió lo del árbol del Edén, la pareja huyó. De su amigo Dios, de la escena del tropiezo, del espejo que devolvía miradas acusadoras.
Primero como cómplices y luego, enfrentados a los cuestionamientos, la desordenada repartición de culpas que hicieron rompió ciertas fibras sensibles. Inventaron la crítica, el resentimiento y la acusación en un solo movimiento.
Se quedaron solos por dentro. Siguieron juntos, por supuesto, se perdonaron tanto. Dios mismo caminó dos, cinco, mil millas extras, pero algo pasó dentro y entre ellos. El alma fue opacándose; sus descendientes nacieron con esa huella de desconfianza y una sed dolorosa que todos disfrazaron de dignidad.
Los que poblaron la tierra a continuación inventaron los enemigos, el colega que compite por tu puesto, los partidos opositores y las charlas donde ya no se decían todo. La humanidad aprendió a hablar el lenguaje de las formas a través de máscaras sociales y religiosas, porque daba vergüenza admitir los yerros. Además, duele.
Más solos nos fuimos quedando todos.
A Dios le encanta platicar, echar la charla para adelante con sus hijos. Y ahora, de pronto, tenía un planeta de esquivos y huidizos, que cuando se decidían a hacerle caso lo hacían a la carrera, cronometrando la entrevista, o de plano con oraciones prefabricadas para no equivocarse.
Y sin embargo hay sed del otro. No es difícil comprobarlo. Basta con acercarte interesado a un conocido cualquiera y hacerle preguntas sobre sí mismo. Todo mundo quiere hablar, saber que alguien escucha genuinamente, sin dobleces, solidariamente. Y hay tan pocos oídos dispuestos.
Si desviaras tan solo un poco tu olímpica colección de brillantes talentos y tu apretada agenda de oportunidades con éxito garantizado y fuera de programa te aplicaras a aliviar la soledad del solo, que ni siquiera sabe que le falta Dios, tu vida habría valido la pena, aunque nunca hubieras logrado las grandezas a las que estabas destinado.
El otro, todo por el otro tan solo. Y pensar que tú ya tienes al Acompañante celestial y va contigo.
lee Romanos 9:1-3
