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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 30/12/2011 in Esperanza

    Señor, no quiero estar triste nunca más


    La ausencia de luz, trae tristeza.

    Nos llegan noticias de que ni los villancicos ni las luces de navidad logran evitarlo. La navidad es la época del año en que más nos deprimimos, según confirma Erik Nelson, psiquiatra de la Universidad de Cincinnati, en Estados Unidos, y experto en trastornos del estado de ánimo. “Es el momento en que los días son más cortos, y la ausencia de luz en las últimas horas de la tarde afecta a muchas personas”.

    Me consuela una noticia anterior: Vino Jesús al mundo a buscar a los hombres y entre los hombres a los simples y entre los simples a los niños y a los de alma de niño. Humilde entre los humildes. Los más pobres lo recibieron en el más humilde de los lugares.

    Sabían que ese niño recién nacido sería el libertador, y entonces le ofrendaron la riqueza de su pobreza: todo lo que tenían le fue ofrecido: su reconocimiento. Y en él, fincaron la esperanza. La esperanza de que ese niño recién nacido sería el rescatador de los simples de corazón, de los hombres de buena voluntad, sobre los cuales, el ángel había invocado la paz.

    Ahora pregunto: ¿Será que ese niño se ha convertido también en mi libertador? ¿Será que estaré yo entre los simples con alma de niño a los que ha venido a buscar? ¿Será que al igual que los pastores he puesto yo la esperanza en él? ¿Será que Jesús ha nacido en mi corazón?

    Dejo de estar triste para declarar que prefiero la esperanza que su palabra brinda en momentos de oscuridad:

    “Enemiga mía, no te alegres de mi mal. Caí, pero he de levantarme; vivo en tinieblas, pero el Señor es mi luz” (Miqueas 7:8).