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¡Detengan todas las oraciones!

¡Doña Rita, ahí le hablan!

Mi abuela abre la puerta y encuentra a una mujer joven con un niño de cada lado y un tercero colocado en su rebozo al estilo de las mujeres del sur.

— Señora, ¿no tendrá para mis hijos algo de comer? Estoy sola, mi esposo me dejó por otra y no tengo trabajo ni donde quedarme y me han dicho que es usted una buena mujer que ayuda al necesitado.

La abuela era misericordiosa, actitud que a los hijos tenía hartos pues siempre había en casa visitas e invitados a comer. Llevó a la mujer  a la huerta familiar donde había una gran cantidad de árboles frutales: se podían comer mangos, ciruelas, toronjas, aguacates, naranjos, …

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No hace falta castigarte

En el cuarto del fondo del patio había una cama y otros muebles. Las veces que mi mamá conseguía una mujer que nos cuidara y aseara la casa, ahí la hospedaba. La mañana que entramos con mi hermano mayor estaba desocupada la habitación.

Algo había bajo la cama que no alcanzábamos a ver. Para disipar la oscuridad mi hermano prendió una vela y la colocó bajo la cama; la flama tímidamente alcanzó la tela delgada que cubría la estructura de madera. Se incendió al instante.

Mi memoria infantil se interrumpe ahí y salta a una hora más tarde, cuando yo ya estaba en la calle, a unos veinte metros frente a mi casa, en medio de muchos de los vecinos …