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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 05/07/2012 in Vida cristiana

    Acechanzas


    Sé realista. Hay traidores (asumamos que tú y yo nunca lo hemos sido para que no nos acicatee la conciencia más de la cuenta). “Un traidor puede con mil valientes” dice una canción.

    Judas parece ser el traidor por excelencia (lo cual suena raro porque ¿cómo se puede ser excelente en semejante papel?). Lo que queda claro es que a nadie le gustan los traidores ¡y nadie quiere llamarse Judas!

    La traición se gesta de a poco; comenzamos volteando a otro lado, se nos antoja el otro bando (podrían tener razón o tener más posibilidades de ganar). Damos la espalda como distraídos, sin llamar la atención, pero no nos salimos del círculo, no rompemos con dignidad mínima los lazos.

    Cuando Pablo se despidió de los efesios advirtió que tras su partida entrarían lobos rapaces (Hechos 20:29). La pregunta es ¿quién abrió la puerta a los lobos? ¿Fue olvido, distracción inocente, al velador lo venció el sueño? O quizás una mano miserable, oculta, de uno que finge, los dejó entrar; no se sentirá el causante de la matanza que sigue, sólo es una persona pragmática.

    El traidor piensa que los que sufren por sus ideales por ser fieles son románticos, que ganarán espacios en los libros de historia y estatuas llenas de palomas en el parque. En cambio los cobardes sobreviven para otro día. Además, no suena tan mal la traición si mueren todos los idealistas y no hay quien acuse… lo malo es que no puedes matar del todo la conciencia, porque tú lo sabes. El espejo te lo recordará todos los días.

    El traidor es un tipo pragmático, que sólo quiere sobrevivir, sacar lo mejor de todos los mundos. Eso no parece tener nada de malo. Aunque el problema es que no tiene nada de bueno. No puedes confiar en él, no te deja dormir a gusto porque hay que estarle echando un ojo constantemente. Fatiga porque te obliga a mirar cada tanto a tus espaldas. Y te hace desconfiar de todo, porque está oculto, se disfraza, da pistas falsas. Y lo peor es que con frecuencia se oculta de sí mismo; él mismo no sabe a dónde llegará. Tal vez con el tiempo acabará justificando las verdades a medias, el puñal oculto, la mirada torva.

    Pero, ¿y si yo soy Judas? No, hay que mirarse en el espejo todos los días para cazar los primeros signos, para desterrar los gestos opacos. Hay que andar con el corazón en la mano. Y que el Señor nos libre del traidor que nos acecha desde dentro.

    Lee más: Salmo 19:12

    Imagen: “Arresto de Cristo”, óleo de Caravaggio