• author
    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 08/06/2012 in Profecía

    Aprende de la historia


    No hay relato que logre retratar con suficiente dramatismo la caída de Jerusalén. Ay ciudad, pobre ciudad, tantas veces saqueada y destruida. Y pensar que tenías todo para ser inmortal y eterna. Tenías, por ejemplo, a Dios.

    Casi cuarenta años antes de su caída en el siglo I de nuestra era, Jesús anuncia en clave que se repetirá la tragedia. Sus oyentes no tienen la más remota idea de lo que les espera. Falta tanto y suena increíble.

    Así pasó con el profeta Jeremías seis siglos antes. Es verdad que amenazas siempre hubo, que algunos paganos osaron contaminar su suelo santo. Es verdad que algunos reyes poco hábiles, blandengues para ser directo, causaron la humillación de la capital del reino, pero seguía en pie. Y su templo, templo santo era. El fuego del cielo lo había consagrado y no sonaba verosímil que algunos vándalos pudieran echarlo abajo.

    Pobre Jeremías, hubiera querido ser un profeta falso y ver que sus palabras se quedaban en la anécdota. Pobre, su mensaje se cumplió.

    Para Jesús es peor porque él es más que mensajero, él es mensaje y Señor. Montado en un burrito cabalga hasta una loma, en el olivar al oriente de la ciudad. Desde ahí contempla el templo, el segundo, construido cuatrocientos años antes y embellecido por Herodes.

    Por un momento la multitud jubilosa que lo acompaña supone que lo embarga la emoción buena. Pretenden hacerlo rey pero no lo lograrán. El salvador se detiene, pierde la voz, su respiración se vuelve irregular hasta que todo él se agita y tiembla. Derrama lágrimas vivas. Con voz quebrada que es un lamento antiguo gime por su ciudad (Lucas 19:35-44). “¡Cuántas veces quise…!” comienza a decir, porque él es otro Jeremías anunciando el caos y el dolor (Mateo 23:37-39).

    Ay, pueblo; ay, gente y gente, en tus manos está tu propia salvación pero elegirás usarlas para matar la vida. A los pocos días muchos de los jubilosos escupirán al maestro, se burlarán de él cuando lo lleven casi a rastras a otro cerro cercano a ejecutarlo.

    Una crónica asegura que cuando se cumplió la destrucción anunciada en el año 70 murieron en el sitio un millón de judíos que resistían el cerco romano. Una vez iniciada la cascada de destrucción, los soldados se emborracharon de sangre y aniquilaron sin miramientos a hombres, mujeres y niños. ¿Y el templo? De él quedó nada y de la ciudad de entonces, hasta el día de hoy, sólo sobrevive un segmento del muro, que se conoce como el de los Lamentos. Nombre apropiado.

    Ahora el paralelismo: No hay relato que logre retratar la oscura y honda pérdida de una persona. Tomo prestadas las palabras de Proverbios para ilustrar que el que renuncia a Dios y se aleja hacia la nada “errará por lo inmenso de su locura” (Proverbios 5:23).

    “Señor, ayúdame a no darle pretexto a la historia para que me devore el caos. Que no te ahuyente, que no te niegue. Quédate”.

    lee Lucas 21:5-6, 20-24