• author
    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 13/09/2012 in Vida cristiana

    Aunque tengo derecho a todo


    Una vez que el apóstol Pablo se hizo seguidor de Jesús, puso la misma dosis de entusiasmo que cuando lo combatía. ¿Cuánto? Montones y sin parar.

    Entre otras cosas, de las primeras cosas que se dio cuenta es que el ministerio del Salvador es, ante todo, liberador. No sólo que te pone a distancia del mal que te domina y cubre los trámites de tus deudas, las que pesan sobre la conciencia. Ah, también te libra de prejuicios, derriba las barreras entre personas y te clarifica la mirada para que de un vistazo veas lejos hacia el futuro y comprendas bien a dónde te lleva, y de otro vistazo contemples el pasado distante y entiendas el por qué del presente. Pablo se sintió igualmente liberado de numerosas prácticas religiosas que antes tenían algún valor, que le dejaban moralejas y le obsequiaban un marco dentro del cual crecer sin extraviarse. Porque cuando llegó Jesús y aplicó vendavales para quitar el polvo acumulado y con lija gruesa y fina removió el óxido, quedó al descubierto un evangelio que no tenía tanto aparato ni adorno como se creía. Un evangelio que enseñaba que Dios rescata a sus hijos de la porquería y los lleva encantado de la vida a la casa, para que se reúnan con la familia que un día abandonaron. Y todo por pura y sola gracia, es decir, por el mero antojo permanente de amarnos hasta el extremo.

    Entendiendo esto, dijo Pablo: pues éstas y ésas y aquéllas prácticas que sigue mi iglesia ya no me sirven. Ni me salvan ni me edifican ni me recuerdan nada.

    ¿Crees que por eso Pablo se soltó la greña y comenzó a andar religiosamente desnudo, es decir, sin ataduras ni liturgia ni iglesia ni restricciones? Pues no, porque quedaban caminos y guías que seguían siendo saludables y necesarios. Y quedaban ciertas otras cosas, que son las que me interesa recordarte hoy. Cosas que eran innecesarias pero que igual él siguió respetándolas porque le importaban a personas que lo rodeaban, personas que no tenían su madurez espiritual, gente cuya fe se medía en apenas gramos o fracciones de gramos y no les había entrado bien la idea de la liberación completa de Cristo.

    Entonces por ellos, y nomás por amor y consideración a ellos, Pablo no hacía uso de toda la libertad a la que tenía derecho.

    Alguien me dijo que así no le gusta el cristianismo ni eso de andar cuidándose de estorbar a otros, tener una cierta conducta sólo porque cierto prójimo novato en las artes del Espíritu se puede prejuiciar.

    Sí, eso cansa. Pero ¿qué tal que esa persona inmadura en la fe fuera tu pareja, la que amas con absoluta locura y dedicación? ¡Ni lo dudarías! Todo lo harías por su bien.

    Pues precisamente Pablo era capaz de sacrificarse por los demás porque se le había contagiado la pasión por las personas que tiene el Amoroso que nos salva. Sólo así se puede.

    Y yo sólo añado lo que dijo Jesús: “Anda entonces y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37).

    lee sobre lo que enfrentaba Pablo en 1 Corintios 8