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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 24/09/2012 in Relaciones

    Barrera social


    Durante un año tuve la oportunidad de estar en un instituto tecnológico de mucho prestigio. Los alumnos eran mayormente hijos de empresarios y políticos, acostumbrados a estudiar en escuelas privadas muy exclusivas. Con mi nivel socioeconómico a cuestas ni de lejos podía aspirar a lo mismo, pero una beca lo hizo posible. Sin embargo, todavía faltaba que yo pusiera una parte, que no tenía. ¡No me alcanzaba ni la parte mínima que me tocaba!

    Pero acudí a una amiga que estaba coleccionando monedas de cincuenta centavos que eran de cuño reciente. De vez en cuando yo le daba esas moneditas nuevas cuando me caían en las manos, así que una parte podría decirse que me pertenecía. Ya te puedes imaginar el espectáculo de ir a pagar mi parte con una bolsa llena de monedas.

    Los compañeros no eran pedantes como pudiera imaginarse. Charlábamos con mucha cordialidad, pero era claro que había una barrera social y económica insuperable.

    Esto tiene su paralelo con lo que les había pasado a los primeros cristianos, hace dos mil años. Jesús logró el milagro de reunir en una sola familia a gente disímbola. Dice a finales de Hechos 2 y 4 que gente de riqueza renunciaba a todo por seguir a su maestro. No es sólo que vendían sus propiedades y donaban el producto a la iglesia y a los pobres, también renunciaban a su sangre azul (si se puede llamar así), a sus pretensiones, a la justificación que por siglos los convencía de ser superiores por el simple azar de ¡ser superiores!

    Jesús compuso algo realmente hondo en su alma porque se les quitó el desdén y les deshebró los hilos que necesitaban para tejer amistades con enemigos de su noble posición social.

    Ah, y a los pobres, a los resentidos con el sistema y la desigualdad, a los que aunque sea en la sala de su casa se convertían en revolucionarios y soñaban con arrasar con el imperio, Jesús les podó el rencor social que les amargaba la cena escasa de cada fin de jornada. Ahora podían ver a sus hermanos acaudalados, abrazarlos como desvalidos espirituales y hacerles un lugarcito en sus mesas sencillas y un lugar grande en su corazón ahora puro.

    No creas que es que todos hicieron borrón y cuenta nueva, como si todo estuviera bien. Hicieron algo mejor; aplicando el evangelio del Señor arreglaron no el mundo sino su pequeño mundo, la iglesia naciente, y probaron que el problema no era lo que tiene la gente sino lo que es y también demostraron que Jesús es especialista justamente en lograr que seamos lo que debemos ser y acortar distancias entre nosotros.

    repasa Hechos 2:44-47 y 4:32-37

    foto: rafachapa