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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 02/11/2012 in Esperanza

    Buen sirviente


    Esperar a Jesús no es exactamente lo mismo que esperar el regreso de alguien a quien amo. Tampoco es semejante, como algunos sugieren, a la visita de un importante dignatario a mi pueblito. Jesús ni viene de visita ni es un dignatario así nomás.

    Estamos en medio de un pleito de proporciones cósmicas que ya ha cobrado la vida y la paz de todo el mundo y ha secuestrado nuestro futuro. Los llamados esperanzadores de líderes mundiales, quienes no pueden ni siquiera jactarse de tener la mitad del control de sus acciones y gobiernos, sólo subrayan lo desesperado de nuestra situación. Si Cristo no viene acabaremos con el planeta en poco tiempo, y ojalá lo que no se acabe sea la esperanza, porque entonces sí que estaría difícil soportar la negrura del horizonte que se acerca a gran velocidad.

    ¿Te suena pesimista o como que me rindo y me dejo llevar por la inundación? Pues no. Es una cosa rara del cristianismo, que ve la tempestad y no se hinca, pero sí se pone a trabajar chiflando como si nada. Pues aunque el mundo en sí no tiene remedio, la gente sí, que por ella viene el salvador.

    Si no es como esperar a la persona amada ni al líder máximo, esperar a Jesús sí se parece a tener la mira en la nube que finalmente pone fin con su lluvia a la muerte en cámara lenta del sembradío que se seca. Aguardar a un ser amado no se puede compartir con todo mundo y recibir a un rey o un príncipe cualquiera carece de trascendencia. Ah, pero esperar la lluvia benigna que acaba con el verano asfixiante es para poner a bailar a todo un pueblo.

    Hace unos días te decía que el elemento cardinal es el deseo del reencuentro. Y cuando ya que se han despertado las ganas, ¿qué pide Jesús? Que velemos. Pero, ¿para qué? Ya sé que para estar listos, aunque eso no lo entiendo muy bien porque listo listo no está uno nunca. Como Jesús en Mateo 24 nos compara a un siervo atendiendo a los demás, para entender me voy por esa línea y la junto con lo anterior: la gente importa y el planeta no tiene remedio.

    ¿Será que la tarea y el preparativo de los que esperamos es repartir esperanza y convicción? Anunciar que creemos y hacerlo con tal pose que se contagien de fe y de ganas los prójimos. Y vaya que urge la esperanza, porque sin ella se bajan los brazos, renunciamos a la poca decencia que le queda a la humanidad y arruinamos el prestigio del Padre bueno, quien nos hizo para ser personas de fina altura, cuando en la práctica marchamos en sentido contrario hasta la corrupción y la lepra.

    La esperanza alienta el deseo y con deseo nos da por conocer al que regresa, para que cuando lo anunciado ocurra no recibamos a un desconocido.

    Somos un sirviente, un esclavo de los demás, quien espera y lo hace procurando el mayor bien posible a varios pasos a su alrededor o a kilómetros a la redonda. Lo hacemos a pesar de no creer en una solución humana al caos porque Jesús nos ha hecho pensar que vale la pena, pues cualquier minuto de dicha que regalemos y cualquier minuto de dolor que se suprima, por más que la batalla parezca perdida, nos devuelve la dignidad de hijos de Dios y nos coloca en la ruta de ciudadanos del reino futuro y cercano.