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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 15/09/2012 in Sábado

    Cada sábado vuelvo a recordar que quiero salvarte


    A principios del siglo XVII murió la señora Mumtaz Mahal, cuando daba a luz por catorceava ocasión; fue una niña. Su esposo, Sha Jahan, la amaba tanto. Tenía un harén y sin embargo prefirió ser fiel a esa mujer que le había robado el corazón.

    Desconsolado por la pérdida, hizo construir un mausoleo de notabilísima hermosura en Agra, India. A él se dedicaron veinte mil obreros a lo largo de las más de dos décadas que demandó el complejo de jardines, canales y edificios. La obra es conocida como “palacio de corona” o Taj Mahal y hoy es considerado por la Unesco patrimonio de la humanidad.

    La tradición cuenta que el emperador pasó sus últimos días asomado constantemente a una ventana desde la cual podía contemplar el monumento que albergaba el cuerpo de su amada. Cuando murió fue sepultado junto a ella.

    Dos siglos después Modesto Musorsgki pasó por su propia versión de esta experiencia, pero desde otro ángulo. Su mejor amigo era arquitecto y artista; se llamaba Viktor Hartmann y murió inesperadamente a los 39 años. Adolorido e inspirado en la exposición póstuma de varias pinturas de su amigo, Musorsgki quiso representar aquellas imágenes con el sonido de su música y compuso Cuadros de una exposición; estoy seguro de que has oído la sección más conocida, el Promenade.

    El amor, la dedicación y el recuerdo son los elementos comunes que tienen estos dos monumentos, de piedra y música, con el sábado, estela de tiempo e historia. Ahí acaban las similitudes, porque el sábado no es un monumento, ni un mausoleo; no alberga muerte ni representa un alto en el camino.

    El sábado es una señal del optimismo de Dios, quien creyó en un futuro luminoso para sus hijos y por ellos hizo mundo, bestias, paisajes y tesoros. No nos quedaremos asomados a la ventana del sábado como Sha Jahan, ni nos limitaremos a suspirar arrullados por cantos nostálgicos como Musorsgki. El sábado es una señal de vida, de redención, de la fe que tiene Dios en que es posible recuperarnos.

    disfruta Génesis 2:1-3