• Caín mató a Abel


    ¡Soy libre, soy libre! Por fin he conseguido mi libertad, pues aunque éramos hermanos y tanto nos parecíamos, era lo más lejano a mí. Además, a decir verdad, me sentía incómodo con él, minaba mi independencia (¿hay algo más deseado que la independencia?) y en las comparaciones siempre salía yo perdiendo ¡cosa que me frustraba hasta enfurecerme! Pero ahora me siento de ánimo como para lanzar al aire una frase que con el tiempo se hará muy famosa: ¡muerto el perro se acabó la rabia!

    Ya sé que al rato me reclamarán pero ¿acaso no soy producto de lo mismo? Es decir, genéticamente debí salir igual a mi padre, ni modo de parecerme al vecino que ni tenemos. Si perverso me dicen que salí, debe de ser por algo, pues nada de lo que hay aquí lo hice yo y no veo alrededor mío fauna que ejemplo semejante de muerte me dé.

    Cuando la reclamación llegue y por mi hermano me pregunten, diré: Ah, ¿eres Dios y no lo sabes?

    Estaba en mi monólogo, cuando se escuchó una voz que parecía llegar desde el cielo.

    —Te felicito Caín, resolviste muy bien la situación.

    —Sí pues, ¿pero cuando voy a empezar a sentir los efectos de lo que me prometiste?

    —No comas ansias, es un proceso que apenas inicias. Ser como dios no se logra de la noche a la mañana. Has descubierto que el primer paso para iniciarte en la divinidad es causando la muerte. Mataste a tu hermano sin la colaboración de nadie, ¿te parece poco lo aprendido hasta ahora?

    Y desde entonces, el aprendizaje continúa.

    Foto de Joanne Mattera