Reconciliación

Como Elías y Elisa

Elisa se apuntó para hacer algo por la gente, lo que fuera. Cuando dijo sí, no tenía en mente que acabarían por enviarla a una colonia marginada de la ciudad para dar algunas charlas sobre prevención de la violencia intrafamiliar.

Al principio se animaron muchas amigas a acompañarla. Toda clase de pretextos redujeron el grupo a tres personas y luego a dos. Más adelante Elisa se quedó sola.

Prevenir la violencia, vaya idea. Pero si hay para tirar para arriba, diría mi mamá. En todos los ámbitos, entre todas las personas abunda la agresión física, sicológica, laboral y de las clases que te imagines. ¿Es posible erradicarla?

La estrategia de Elisa era simple: reunir a los padres de los alumnos de cierta primaria, explicar el origen y las consecuencias de la violencia en la familia y darles algunos consejos generales. El objetivo era hacer conciencia y el último día citar también a los pequeños; ahí, en el aula, los padres se reconciliarían con sus hijos.

Por supuesto, la prudencia dictaba que terminando cada sesión saliera a toda prisa de esa zona peligrosa.

La mayoría de quienes asistieron eran las mamás; hubo también algunas cuantas abuelas y unos pocos papás. Todos escucharon en silencio, asintiendo cada tanto, sin casi hacer preguntas.

Al término del segundo día de charlas salió, se dirigió a su camioneta y antes de poder subir la alcanzó una mujer de edad. Era la abuela de uno de los niños; con lágrimas le explicó que los problemas de su nieto se debían a que su hija, madre del niño, lo agredía. Para agravarla, también asistía a estas reuniones y no debía verla hablando con Elisa… pero la vio. Al salir la madre divisó a ambas a la distancia y se dirigió a ellas con paso firme. La abuela se escabulló y dejó que Elisa se enfrentara sola a la joven mujer.

Elisa quedó paralizada, segura de que la golpearían. El golpe no llegó porque del reclamo la madre pasó a la justificación y luego al lamento. Se deshizo en llanto. Todo era tan complicado para pensar en cambiar.

La ansiedad no dejó del todo a Elisa los siguientes días pues veía en diferentes extremos del salón a madre y abuela.
Llegó el término del programa. Acudieron los niños. Los padres y madres se acercaron a sus hijos; las confesiones no fueron fáciles, pero hubo abrazos y risas nuevas. Solo un pequeño quedó un largo rato sin atención. Su madre no se dirigió a él sino a la abuela de esta historia, su propia madre. En medio de los demás asistentes lloraron su dolor, la culpa soportada por años, la ira reprimida, la sombra constante de la incomprensión. Y lloraron y lloraron. Al final, con el alma ligera y limpia abrazaron juntas al hijo y nieto.

El trabajo de Elisa alcanzó tres generaciones.

La reconciliación de Jesús recorre los nudos de nuestra red; su amor no sana corazones aislados sino círculos completos. La reconciliación de Jesús duele, por la vergüenza de mirar de frente un pasado oscuro o por la necesidad de romper un duro cascarón de resentimientos. Sin embargo, produce la única paz posible.

Elisa fue un puente entre padres e hijos, quizás por eso su nombre se parece al del Elías profetizado y su corazón es como el de Jesús.

“Les enviaré al profeta Elías. Él hará que los padres se reconcilien con sus hijos y vivan en paz” (Malaquías 4:5-6 TLA).

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