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Fiñe Alberto Moncada
Ingeniería y Teología - 19/09/2012 in Dios, Vida cristiana
Cuidado inmerecido
¿Qué es más fácil, desprenderme de un bien que necesito para darlo a quien carece de él y le es urgente o sufrir injustamente en lugar del prójimo el mal que éste merece? o sea, ¿qué es más fácil, pasar hambre por ser generoso o sufrir sin merecerlo? Y siguiendo esta línea de pensamiento pregunto: lo que Dios me pide ¿implica siempre renuncia? ¿son el sufrimiento y el desprendimiento condiciones obligadas para legitimar mis actos solidarios? La ausencia de drama ¿demerita de alguna manera mis pretendidos heroísmos?Mientras piensas las respuestas irás descubriendo que los actos de verdadera justicia en este mundo bordean siempre el límite de las injusticias. Cuando comparto el pan, producto de mi esfuerzo, con el hambriento estoy abandonando el camino de la justicia formal para adentrarme en la jungla de la injusticia ¡porque no es justo compartir mi pan justo! Peor si el hambriento es culpable de su propia miseria y el pan me ha costado tanto y es para mi gente.
Eso me desanima y me cansa. A Dios no. Él siempre está donando su sangre y quitándose corazón, hígado y médula para que otros vivan, incluso sabiendo que muchos somos como el ebrio que pide limosna para comer cuando en realidad comprará más bebida.
Uno de mis abuelos era como ese alcohólico, pero extrañamente ingenioso. Se había dedicado a toda clase de oficios en su juventud y finalmente adoptó la venta de billetes de la Lotería Nacional para vivir. Lo hacía, digamos, un mes; como era bueno ganaba para renovar su guardarropa, comprar reloj, anillos, zapatos elegantes y sombrero, por supuesto. Entonces iba a la cantina; gastaba todo su dinero emborrachándose, después todo el resultado de empeñar reloj, anillos, zapatos y sombrero. Al cabo de un mes estaba tirado en la calle, perdido por completo, miserable y pobre de nuevo. Sus hijos comenzaban a buscarlo en bares, hospitales y morgues. Al encontrarlo lo llevaban a casa de alguno de ellos, donde estaba un mes desintoxicándose, ido, gruñón, harapiento.
Cuando se había despejado suficiente la mente se arreglaba, conseguía billetes de lotería y trabajaba intensamente para renovar su guardarropa, comprar reloj, anillos, zapatos elegantes y sombrero, por supuesto.
Su vida longeva y el afecto incondicional de su familia solo pueden explicarse afirmando que Dios, a pesar de todo, lo cuidaba. Ese cuidado divino nunca fue justo, pues el viejo se merecía exactamente lo contrario. Sin embargo, cómo no iba darle Dios sus bendiciones si sufrió en la cruz y en su prestigio y en su paz el precio de tratar a mi abuelo como si hubiera sido un hombre bueno, intentando que sí llegara a serlo.
El Señor de la eternidad no se ha limitado ha arrojarnos un trozo de pan sobrante para calmar su conciencia. Aceptó ser tratado de la peor manera, como si lo mereciera, con tal de ofrecernos la promesa de un porvenir esperanzador con una vida de paz en “un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia” (2 Pedro 3:13 NVI).
lee 2 Corintios 8:9
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Aquí se trata de charlar animadamente de Dios y el mundo y la vida que nos dio. Celebra con nosotros la experiencia feliz de ser hijos de un Dios feliz.-
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