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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 31/08/2012 in Vida cristiana

    Dejar huella

    Es muy anciano. Tiene como mil años, supongo. Siempre está a tiempo en la puerta del templo, siempre de traje impecable. No sé si alguien le asigno, hará treinta o cincuenta años, la tarea de pararse ahí a recibir a quienes llegan. Tal vez él solo se apropió de esa misión. Y ha sido fiel a ella.

    Lo nombraron diácono algún día, para recibir las ofrendas, asistir en la celebración de los ritos de su iglesia y, seguramente, mantener el orden y a raya la alegría de tanto chamaco. Ya se sabe, la felicidad excesiva es sospechosa en el imperio de los fariseos; por eso se necesitan guardianes de la quietud.

    Cuando un niño llegaba al templo, algo intimidado por su presencia de los adultos, el hombre extendía disciplinadamente la mano y el niño hacía otro tanto por reflejo. El hombre estrechaba la mano con firmeza y la retiraba al instante; en la mano del niño quedaba mágicamente un dulce que lo hacía reírse y reírse, mientras el diácono guiñaba un ojo y daba la bienvenida solemne a los padres. Era su juego todo el tiempo.

    Hubo muchos niños antes de mí y después muchos más, cuando crecí. Para nosotros su nombre era abuelito Dulce.

    Ahora me doy cuenta de que nos trataba tan parecido al buen salvador Jesús; es increíble que no haya más imitadores.

    Nunca ha hablado en público, ni dirigido grupos, ni propuesto planes de desarrollo denominacionales, ni ha canto o tocado un instrumento, ni ha escrito. Sin embargo, tiene clara la misión de su vida: hacerte sentir bienvenido en la familia, de manera sencilla, como viene, sin deudas ni favores, desinteresada y cálidamente, con la travesura de sus guiños, siempre constante. Su concepto de trascendencia fue crear lazos y mantenerlos por generaciones.

    Hace unos días le celebraron su cumpleaños 100. Es Roberto Franco, de la ciudad de México. Eso es ser un cristiano.

    1 Juan 2:6

    foto: imagen que tomé prestada de FB donde se ve al hermano Franco con su pastel del centenario