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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 01/07/2012 in Relaciones

    ¡Doña Rita, aquí le traigo al Diablo!

    El perfume y el incienso alegran el corazón; la dulzura de la amistad fortalece el ánimo (Proverbios 27:9
)

    Cuando yo tenía diez años llegó a mi casa un extraño visitante. Un perro-lobo. Físicamente se parecía más a un lobo mexicano que a un pastor alemán. Vivíamos en un solar con huerta familiar, de manera que la nueva adquisición podía cómodamente vivir con nosotros. Bueno, eso creíamos.

    El animal llegó con una fama terrible. Apenas tenía año y medio de edad y se mostraba muy feroz. Cosa curiosa: no ladraba y en las primeras horas de su estancia, no sabíamos que aullaba como un lobo. El escándalo era gigantesco por las noches, ya que todos los perros vecinos hacían un mitin perruno tras la barda de nuestro terreno, para pelearse con nuestro Lobito, que fue el nombre que le pusimos a nuestro nuevo amigo. Bueno, antes vivía en la casa del molinero del pueblo y lo conocían como Diablo.

    A don Toño, el molinero, unos familiares se lo habían traído de regalo desde algún rancho de la sierra cercana a Mazatlán, Sinaloa. Pero no lo podían controlar. Nadie. Lo amarraban con cadenas a un árbol, pero Lobito lograba romper las cadenas y salía a pelearse con cuanto perro se encontraba. Lo peor es que muy seguido Lobito tenía que enfrentarse con manadas de rabiosos canes que intuían que lo que tenían enfrente no era del todo normal. Ese perro tenía algo diferente. Tal vez para ellos era anormal que no ladrara, que caminara como de lado, casi inclinándose o que por las noches lanzara tremendos aullidos a la Luna.

    Cuando salíamos de la escuela, mis compañeritos y yo nos asomábamos al patio del molinero para ver cómo los hijos de don Toño le lanzaban desde lejos trozos de carne a Diablo.

    Un día, cuál no sería mi sorpresa ver que cuatro muchachos –y don Toño al frente– traían por la calle a Diablo, cada uno con una cuerda, formando una especie de X, para poder controlar al animal. Atrás de ellos, una veintena de perros enfurecidos y treinta chiquillos acompañaban el extraño convoy, corriendo y gritando. Un verdadero escándalo. Una escena surrealista de película de rancho. Tal cual.

    Llegaron por el medio de la calle al vecindario, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando se pararon frente a mi casa y don Toño gritó:

    –¡Doña Rita, aquí le traigo al Diablo!

    Así es. Mi abuela, amiga del molinero, fue convencida de que a la huerta le faltaba un cuidador ¡y qué mejor que un perro–lobo! Lo que el hombre quería era deshacerse de un problema y ya había encontrado la manera.

    – Ay, don Toño, pero ese nombre está muy feo. Le pondremos Lobito –dijo la abuela.

    –Póngale como quiera, pero pronto le regresará el nombre–, amenazó don Toño.

    Amarraron a ex diablo a un árbol de mango y mi abuela le arrimó una cazuela con un guisado que en Sinaloa se llama frijol con hueso. Claro que el animal lo que menos quería era comer. Estaba enojadísimo. Lo habían maltratado; algunos chiquillos le habían lanzado piedras y uno que otro perro lo había mordido. Los muchachos de las cuerdas habían extralimitado la fuerza del jaloneo. En fin. El perro se sentía animal de circo. Además, seguíamos atentos a él, sin dejarlo descansar. Se habían juntado familiares, vecinos y chiquillos curiosos que desde el Porche de la casa lo mirábamos muy atentos, pero sin dejar de comentar lo recién sucedido.

    Mi papá, sin conocer la historia, llegó de la calle y viendo al perro, dijo:

    –¿Cómo, tenemos perrito nuevo?

    Cuando se le quiso avisar a gritos que no se acercara, era demasiado tarde. Lobito le enseñó sus poderosos dientes y le gruñó muy amenazadoramente. Mi papá le tomó con ambas manos el baboso hocico y le dijo moviéndoselo a modo de saludo:

    –Bienvenido a casa perrito. Tú y yo seremos muy buenos amigos. Nadie en esta casa ama a los perritos como yo– le decía mientras lo acariciaba. El animal, extrañamente se dejó querer por el recién llegado.

    Y continuó el viejo platicando con el animal.

    –¿Sabías perrito lo que dijo lord Byron de los animalitos como tú?– y así siguió como por una hora, mientras le daba de comer con su mano al perro en el hocico.

    Mi padre y Lobito iniciaron una amistad que duró hasta que mi viejo se murió. Lobito aprendió de mi papá a traerle las pantuflas y la revista Siempre! Cuando mi papá hacía la siesta en el patio, bajo los árboles, Lobito no se separaba de él y cuando estaba por llegar de noche, empezaba a aullar desde que la camioneta de mi papá estaba a varias cuadras de distancia.

    Cuando mi padre falleció, Lobito ya no quiso comer. Extrañándolo, buscaba las pantuflas de mi papá y se echaba junto a ellas. Hasta que se murió de inanición. Extrañaba a su mejor amigo.

    Nunca se ha podido probar que un lobo ataque al hombre. El periódico Star, de Ontario, Canadá, ofrece una recompensa a cualquiera que presente pruebas de un ataque de lobo no hidrofóbico a una persona. Nadie se ha presentado a cobrar el premio.

    ¿Se encontrarán alguna vez Lobito y mi padre? No lo sé. Pero la promesa de Dios, ahí está: “El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño pequeño los guiará” (Isaías 11:6).