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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 28/09/2012 in Liderazgo

    El Señor de los anillos


    —Hijo —dice el rey, que se encontraba postrado en cama—. Te he mandado llamar porque la muerte ronda mi lecho.

    El príncipe, inexperto y temeroso de recibir la corona, responde a su padre moribundo:

    —Padre mío, temo por mí. Déjame algo que me sea de utilidad si acaso las crisis me alcanzan.

    —Me alegras al realizar esa petición. Anticipándome he mandado traer este estuche que contiene un anillo. Cuándo estés en problemas y no veas ninguna salida, deberás sacar el anillo y leer su inscripción. Y cuando te encuentres en la cúspide de tu poder, en la cima del bienestar y no preveas ningún problema, te ruego que abras de nuevo el estuche y leas entonces la inscripción de la cara interna del anillo. El Señor te bendiga.

    Con estas palabras acabó de hablar el rey y murió.

    Los años pasaron y las crisis llegaron al reino al punto de angustiar al joven rey. Finalmente cayó en depresión e incluso se separó del ejercicio del poder por un lapso de tiempo.

    Una noche recordó el consejo de su padre y buscó el anillo para leer su inscripción. Decía: “Todo esto pasará”. El rey se sintió reconfortado y aliviado. Las crisis no serán eternas pensó el rey y, recuperando  la confianza, volvió con certeza al triunfo como monarca,  retomó el poder y las cosas mejoraron tanto que en poco tiempo el reino estaba en auge. De una tenebrosa y oscura noche, pasó a brillar el Sol.

    La prosperidad dio paso a la opulencia y su sabiduría se volvió legendaria. Se convenció de ser invencible. Pero Salomón no olvidó del consejo de David, su padre. Buscó el estuche y lo abrió para leer la inscripción interna del anillo, que decía: “Esto también pasará”.

    Voy a concederte lo que has pedido. Te daré un corazón sabio y prudente, como nadie antes de ti lo ha tenido ni lo tendrá después. 1 Reyes 3:12

    Adaptación libre de un antiguo relato judío.