• Eligió no poder vivir sin mí

    Joe fue por primera vez a un estadio hace muy poco. Tenía seis años y quedó prendado del equipo de Nueva York; fue amor a primera vista.

    Cierto día escuchó que una de las estrellas, Brandon Jacobs, no seguiría en el equipo. Con gran preocupación y curiosidad preguntó por qué. Su madre le explicó que era un problema de dinero. El equipo no tenía suficiente para retener al jugador.

    Joe corrió a su cuarto, sacó el dinero de su cochinito y volvió con su madre. “¡Yo tengo dinero!”, gritó, extendiendo tres billetes y monedas que sumaban 3.36 dólares. “Mándalos a Brandon”, pidió firmemente. La madre lo hizo, junto con una carta explicando la situación. Adjunta una nota que decía: “Querido Brandon Jacobs, para que puedas seguir con los Gigantes aquí está mi dinero. Con cariño, Joe”.

    Brandon lloró al recibir el mensaje. Poco después visitó la casa del pequeño, acompañado de su propio hijo. Le devolvió el dinero, le regaló un casco firmado y lo llevó, con un hermano de Joe, a pasar toda la tarde en un centro de juegos infantiles.

    Si los seres humanos somos capaces de hazañas, ¿por qué nos atrevemos a presentar a Dios como un administrador frío y distante que puede prescindir de nuestros esfuerzos? Quienes repiten en voz alta que no somos necesarios, que la obra de salvación seguirá con o sin nosotros, no conocen ni un ápice al Padre bondadoso, al Gigante del cosmos, al Eterno dador, quien ha elegido necesitarnos todo el tiempo y a quien le encantan nuestros esfuerzos, nuestras titubeantes dádivas, nuestro compromiso imperfecto.

    Cuando nos entregamos a Dios y le llevamos lo poco, poquísimo, que tenemos, hay fiesta en el cielo y Dios, conmovido, derrama lágrimas alegres (Lucas 15:10).

    lee 2 Corintios 9:8