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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 24/07/2012 in Jesús

    Encuentro en el mar


    —¿No quiere un pescado recién salido del mar, fresco, para comer? —me pregunta un pescador del lugar, y continúa—: Mire, cinco robalos que en el mercado le cuestan cuatrocientos pesos, a mí sólo deme ciento cincuenta y se los lleva ya limpiecitos, preparados para que de inmediato los eche a la cazuela y se dé un banquete con su familia, ¿qué tal, eh?

    Había salido del hotel para caminar un poco por la playa. El mar se veía revuelto, color chocolate. Las lluvias sobre las montañas aledañas habían arrastrado tierra de la desembocadura del río al mar. Así no se antojaba nadar.

    Vi al pescador con sus dos hijos enseñándoles el oficio, primero el de pescar y luego el de negociar la venta de lo obtenido. Los tres estaban quemados por el Sol. Se veían delgados, pero de manera engañosa, pues era evidente la fortaleza que mostraban. Como parte del ritual de convencimiento, sobre un tronco en la orilla, el pescador empieza de manera habilidosa a preparar la limpieza de los peces. La técnica de colocar la punta del cuchillo para extirpar las branquias, me hipnotiza.

    Al ver la barca, redes, cuerdas y anzuelos a la orilla del mar no pude evitar  trasladarme al mar de Galilea, cuando Jesús va a buscar a sus discípulos que habían decidido, tras la desaparición del maestro, regresar a su antigua profesión de pescadores, desanimados y tristes. Cuándo el desánimo llega, lo primero en que se piensa es en la renuncia y en el regreso a lo anterior. Y eso fue lo que los discípulos hicieron. Pero Jesús, paciente, de amor infinito, va por ellos cuando parecía que ya se había ido.

    Pensé en Jesús al ver al pescador. Con cuánto esmero debió preparar la limpieza del pez, encender el fuego y buscar la vara exacta para colocarlo y asarlo para que sus discípulos, al llegar, encontraran todo preparado para saciar su hambre. Fuego, calor, alimento y compañía es lo que Jesús ofrece. Y es un ofrecimiento permanente.

    Se acerca primero como una sombra en la penumbra, luego surge el grito de quien lo reconoce y finalmente la certeza de que ahí está, esperándonos en la orilla de nuestra existencia y ejerciendo su poder sobre la naturaleza para tomar del agua un pez que nos sustente.  No cualquiera, sino el suficiente y necesario para todos sus discípulos, hambrientos después de una azarosa pero infructuosa noche de trabajo. Sí, porque cuándo Jesús llega, el hambre se sacia.

    Claro que pregunta, tú ¿me amas?

    Veo en mi imaginación el momento. Ahí estoy yo también con los discípulos, cerca del fuego en la madrugada, con mi jorongo para protegerme del viento y del frescor de la brisa marina. Oigo la pregunta de Jesús y veo a los ojos a los discípulos, pero ellos no me ven. Uno de ellos, Pedro, solloza. No atina a responder correctamente, pues Jesús le pregunta tres veces lo mismo. Yo también estoy al borde del llanto, pues el Maestro voltea, me ve y con su mirada me hace la misma pregunta que a Pedro.

    —Sí Señor, te amo —contesto; casi en un grito le  digo—: No como mereces, porque aun no sé amar de esa manera, sino como puedo.

    Jesús se queda viendo a Pedro y por un instante voltea a mirarme y a los dos nos dice:

    —¿Cómo pueden? Entonces, con eso me basta.

    Jesús, como llamándonos, extiende  sus brazos hacia nosotros para confortarnos.

    —Oiga, amigo, ¿sí va a querer los pescados? El pescador está tendiendo su mano hacia mí, con los peces limpios, ya relucientes por el lavado del agua de mar, en una transparente bolsa con hielo.

    Me encuentro con mi mujer en los andadores del hotel cuando voy de regreso.

    —Y esa bolsa —me pregunta.

    —Me la mandó el Señor—respondo.

    lee la historia completa de la playa de Galilea en Juan 21:1-25