• Hay futuros de veinte y de cien pesos

    ¿Te leo la mano, güerito? La gitana

    Entrar al mercado popular de la gran metrópoli fue como entrar a una feria y sumergirme en un caleidoscopio. Colores y olores golpearon mis sentidos. Mi cerebro inició la clasificación: pámpano, cebollas, calabacitas, papas y frutas. Los colores iban  y venían como en un carrusel parlante.

    —¡Pásele güerito, pruébelo, pruébelo!— me dice y me aborda un oferente de quesos. Sigo de largo sin contestar.

    —Ándele, ¿eh? Ni un saludo, ni un hola, ni un hasta luego, ¡cuánto has cambiado, carnal!— me grita. No puedo evitar soltar la carcajada.

    Camino por los pasillos del mercado y me deleito viendo que de las estructuras metálicas del techo cuelgan coloridas serpentinas de papel maché y decenas de piñatas con forma de estrella, de superhéroes y de personajes infantiles. Me detengo, curioso, en un local en el que veo gente. El letrero dice que se lee la mano y se echa el tarot.

    Recorro con mi vista las vitrinas del negocio y veo varitas de incienso, flores, estatuas, imágenes, piedras, cuarzos, velas, pulseras, monedas de plata, amuletos, estampas, pirámides, esencias, hierbas y otras cosas que no entiendo qué son. También leo que tienen rituales para la pasión, la fortuna, la política, la fama y el mal de amores. Pienso que si el mundo sufre y convulsiona, es porque quiere, ya que la solución se encuentra confinada en esos cuarenta metros cuadrados.

    —Aquí le tenemos su solución, joven— me dice un vendedor del local.

    —¿En serio? —le digo y usando mi mejor tono de sarcasmo light, le pregunto—: ¿Tienen franquicias?

    Se me queda viendo extrañado y contesta que no.

    Continúo en mi psicodélico camino. Me detengo frente a la zona de comidas. Sonrío y doy un salto al mall de Mcallen y hago la comparación entre lo que tengo enfrente y el food court estadounidense. Y sí, las antojerías mexicanas ganan frente a lo que sea.

    Mayúsculas dosis de serotonina se generan en mi cerebro ante la vista de sopes, huaraches, tlacoyos, tacos de guisado, chiles rellenos y porciones de arroz con huevo estrellado.  A mi asombro del arte del antojo mexicano, se suman los gritos de las entusiastas promotoras del carbohidrato que cada local dispone para convencer a los posibles clientes de pasar a sentarse a su mesa. Recitando el menú de memoria, las interrumpo adrede pues me causa gracia que al hacerlo tienen que empezar de nuevo la declamación.

    Me decido por una mesa dispuesto a terminar el suplicio.

    Justo al empezar a disfrutar mi consomé de gallina con cilantro, cebolla morada, trozos de aguacate y chile serrano picado, acompañado de mi quesadilla de hongos y requesón, se me acerca una gitana. Es rubia y viste un largo y colorido vestido. Sus dorados aretes parecen llegarle a los hombros y cerca de treinta pulseras adornan cada una de sus muñecas. Varios collares la evidencian como esclava de la histeria.

    —Te vi frente al local del tarot —me dice muy seria y con el ceño fruncido. Voltea discretamente a la derecha y descubro que vigila a una niña de alrededor seis años, idéntica a ella, que se esconde detrás de un pilar—. Por veinte pesos te leo la mano, y te sale más barato que allá —me asegura.

    —Ah, ¿sí? ¿Y si me lees la mano, qué voy a conseguir?— le pregunto, dándole una mordida a mi quesadilla y pensando en que mi consomé ya comienza a enfriarse.

    —Tu futuro —me contesta con voz de contralto y muy segura de sí misma—. Puedo decirte tu futuro, tu fortuna y tu suerte en el amor.

    —¿Veinte pesos y conseguiré todo eso? —le digo asombrado y divertido—. Me parece demasiado barato.

    —Dame entonces lo que tú crees que vale lo que te voy a decir.

    —Uy, pues no traigo mucho, pero te ofrezco cien pesos.

    El súbito cambio de semblante la evidencia. El trato le ha gustado. Sonríe.

    —Te leo rápido la mano para que después comas— me dice como no queriendo que la oportunidad se le escape.

    Alcanzo a ver por el rabillo del ojo a la niña que espera que su mamá termine su trabajo, viendo y aprendiendo también el oficio que habrá de heredar.

    —Dame tu mano —me dice—. No tardaré ni cinco minutos.

    —Has tenido desamores —le digo a rajatabla y para su sorpresa—. Los hombres no te han comprendido, te han lastimado dejándote herida. Y con recuerdos. Allá tras el pilar veo uno de esos recuerdos.