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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 11/07/2012 in Relaciones

    Hermano con alas

    Si yo fuera un ángel y volara, viajaría lejos. No habría fin para todos los rincones imposibles que explorar. Suponiendo que el agua no fuera problema, me sumergiría hondo y tocaría todo.

    Por supuesto que no entendería casi nada y me la pasaría preguntando a Dios y a los tipos más listos.

    Suponiendo que el calor no fuera problema, si fuera un ángel me metería en el mismísimo centro del sol, en medio del horno nuclear que desintegra la materia hasta su tuétano y lanza luz casi líquida.

    Claro, volvería a preguntar por qué, y cuánto y cómo y “¿puedo tener uno para mí?”

    También tendría mis amigos angelicales, ni modo que no. ¿Habrá fiestas de ángeles? No lo dudo, pero no vaporosas ni lánguidas como coro gregoriano. Deben ser como las fiestas que valen la pena: donde están los amigos.

    La Biblia dice que los ángeles no hacen nada de eso. Más bien, como hermanos mayores se pierden lo grato y luminoso de la vida porque deben cuidar al hermano pequeño y travieso que se la pasa metiéndose en problemas.

    Eso es heroico.

    “Gracias hermano, ángel-hermano-mayor, por no desesperarte; de verdad aprecio tu trabajo; no te canses, no me pierdas de vista; ya verás que un día Dios te devuelve la fiesta que extrañas”.

    lee Hebreos 1:14