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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 06/10/2012 in Dios

    Inexpresable


    Dios indescriptible. Por días reúno con celo la cuidada selección de adjetivos, espumosos, climáticos. Pulo hasta el extremo el bronce de mis palabras. Ensayo con cuerpo, alma y perspectiva el salmo, el canto, el discurso, la arenga y la crónica.

    Pero, Señor, cuando vienes con tus suspiros que aman y tu abrumadora luz traspasa la densidad, se reduce a nada el espectáculo montado sobre mi insuficiencia.

    ¿Cómo puedo atraparte con el pensamiento ralo y esquelético ¡del que me siento tan orgulloso!? Pobre de mí. Mis garabatos infantiles apenas alcanzan para estirarte la risa, aunque con tu mirada de futuro supones o adivinas o predices que podría llegar a ser un gran artista.

    Eso será en el futuro, porque hoy por hoy me quedo corto, cortísimo, si intento retratarte.

    Lo sé; no me lo reprochas. No me echas en cara que ni soñando alcanzaré la infinita altura de tu arte magnífico, ni humillas los trazos toscos con que intento comunicar mi concepto de ti.

    Por eso ya ves que en ocasiones me quedo callado. No por vergüenza ni por incomodidad, sino porque mi silencio te delinea ciertos días con más justicia.

    Mi alabanza mayor es que renuncio a los harapos con que pretendo impresionarte y renuncio también al reflector y al micrófono; por supuesto, también al camerino de estrella que creía merecer.

    Mi alabanza mejor es que pongo ante ti mi pobre, escaso y confuso idioma cotidiano para que lo reorganices en el relato de tu amor que me salva. Y ese relato, Señor, sí que puedo repetirlo; y en alta voz, faltaba más.

    de Salmos 89:5-16: “¿Quién en los cielos es comparable al Señor? ¿Quién como él entre los seres celestiales?”

    imagen: detalle de God’s hands holding child de Jonathan, tomada de Uncle Tree’s House