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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 13/08/2012 in Vida cristiana

    La fe-huevo, la fe-gallina

    El texto original de Romanos 1:17 sugiere que la fe produce fe. Es el círculo virtuoso de la fe. Creer y confiar ayuda a que aprendamos a creer y confiar más.

    ¿De dónde sale la fe inicial, la que detona lo demás? Supongo que no respondo bien si digo que es como el amor, porque de cualquier forma no explico nada; aunque, por otro lado, la comparación resulta iluminadora.

    Y sí, es que la fe se parece al amor. En cierto sentido al principio viene de afuera. Algo externo estimula y a partir de ahí yo puedo decidir alimentarla.

    Como la fe es confiar en alguien que nos da ciertas seguridades, hay que decidir; no se puede de otra manera.

    Cuando no hay decisión consciente en realidad se trata de credulidad o superstición. Algo así como con el amor; cuando no ha sido tu decisión amar entonces no es tal, sino costumbre o miedo o ignorancia.

    ¿Crees que se parece al problema del huevo y la gallina? Más o menos, sólo que aquí el huevo y la gallina ¡son la fe!

    Pero sí, si lo piensas bien tiene sentido: amas a alguien, decides confiar (fe) y cuando te corresponden amas más y confías mejor.

    Ah, y es reversible. Porque la no-fe funciona en sentido contrario: Un día dudas, das la espalda, olvidas y ya así suelto, sin asidero, te caes. Con el tiempo puedes acostumbrarte a andar en el suelo (¿para qué levantarse si tropezarás de nuevo?). Entonces ya no crees, en nada ni en nadie; incluso un día pierdes la fe en ti mismo y la inercia se apodera del control y el rumbo.

    Bien visto tener fe no es complicado de entender. A ver, la meta es juntar la suficiente para mover montañas; “bueno, Señor, ayúdame a comenzar a creer que puedo mover, por ahora, unas arenillas y ya que agarre vuelo intentamos con unas piedras más o menos”.

    lee Mateo 17:20