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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 06/07/2012 in Biblia

    La piedra, el libro, el lenguaje

    En la dimensión de Dios ocurre todo; en la nuestra apenas estamos aprendiendo a vivir. El tiempo, por ejemplo, nos atrapa a nosotros; a Dios no. Es un gigante del que sólo hemos visto sus huellas. ¿Explicar su eternidad, su origen, la trinidad, el proceso de crear mundos? Imposible.

    Nada sabríamos si no fuera por las claves dejadas en el registro de vidas, la Biblia. Tal como la piedra de Rosetta:

    Poco antes de comenzar la cuenta de los 1800, Napoleón llevó sus fuerzas expedicionarias a Egipto, para arrebatar esa colonia africana a sus acérrimos enemigos, los ingleses. Se hicieron fuertes cerca del puerto de Alejandría y mientras se preparaban para el avance militar, los científicos y técnicos franceses que los acompañaban empezaron a curiosear en la ciudad de Rashid, llamada Rosetta por los soldados.

    Durante el verano de 1799 los franceses se atrincheraron al norte de Rosetta y con las excavaciones realizadas para ello dejaron expuesta una piedra gris oscuro llena de marcas extrañas. Pedro Francisco Bouchard tenía sólo 17 años y siendo un joven oficial reconoció de inmediato el valor de la piedra. Tenía inscripciones en tres idiomas: jeroglíficos egipcios, demótico (una escritura también egipcia) y griego.

    Los jeroglíficos seguían siendo un misterio en esos días; todos los intentos por traducirlos habían fracasado. No había manera de avanzar. Pero entonces apareció esta piedra. Pronto surgió la idea de que sus tres mensajes eran el mismo y, dado que se conocía bien el griego, sería posible encontrar las equivalencias de las otras dos. Así fue y la antiquísima escritura egipcia quedó al descubierto.

    Es verdad que la sociedad egipcia de entonces nos es extraña. No tenemos registro de sus voces, del olor de sus mercados, de los gestos familiares y los sueños de hombres y mujeres egipcios del tiempo de Moisés y de antes. Pero es posible leer en sus estelas y monumentos sus ideas e historias. Ahora al menos conocemos vaga e indirectamente la civilización de las pirámides.

    La Biblia es nuestra piedra Rosetta. Las vidas que describe y los dramas que la recorren abren una ventana al mundo espiritual desconocido para nosotros. Ignoramos la textura de las alas de los ángeles y el tono exacto de la voz de Dios, el color de sus ojos o los ademanes de la gente de los planetas lejanos. Somos ciegos a casi todo lo que pasa en el universo.

    Dios está ansioso de contarnos sus misterios. Para darnos las primeras pistas salvadoras y anticiparnos la riqueza indecible de su cosmos, Dios hizo escribir en varios idiomas su realidad: el de sus profetas, humanos como nosotros, y el de sus ángeles, además del idioma que hablan los seres divinos del inicio de los tiempos: el Padre, Jesús, el Espíritu.

    No conocemos a los personajes eternos, no los hemos visto. Sólo podemos imaginarlos y desear el próximo encuentro con ellos cuando abrimos el libro de las equivalencias, el libro del lenguaje de la justicia y el amor. Ahí aprendemos, por ejemplo, que cuando dice “cruz”, quiere decir: “te amo tanto, hijo; todo está resuelto para que vuelvas a casa”.

    lee Hebreos 1:1-3

    en imagen la piedra de Rosetta; en la sección superior jeroglíficos egipcios, en medio en demótico y abajo el texto en griego antiguo