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Carlos López
Valuación industrial - 29/10/2012 in Culpa, Vida cristiana
Motivaciones: La culpa
Entonces le preguntaron: —Dinos ahora, ¿quién tiene la culpa de que nos haya venido este desastre? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿A qué pueblo perteneces? Jonás 1:8Algunos filósofos, como Kierkegaard, coinciden en afirmar que la culpa es el sentimiento de carencia que tiene la humanidad por no ser perfecta. Aunque muchos otros piensan, debido a conductas aprendidas, que si alguien tiene un defecto, vicio, enfermedad, conducta patológica o sufre algún accidente debe de ser ¡porque es culpable de algo! Obviamente esa desgracia es consecuencia de algún “pecado acariciado”, nos dicen.
Al mismísimo patriarca Job le ocurrió. En medio de la mayor pena de su vida y urgido de consuelo y compañía, sus amigos se concentraron en sugerirle que reflexionara sobre sus pecados porque seguramente eran la causa de su sufrimiento.
De los defectos y las desgracias como consecuencia de haber caído en las “garras del pecado” hemos pasado a sentirnos culpables o dar pie a los religiosos puristas de la conducta para culpar de algo a los que van al gimnasio, usan joyas, bailan, se maquillan o consumen chocolates, café, té, carne o bien mastican chicle en los servicios religiosos o se sientan cruzados de piernas o usan jeans, van al cine o al teatro o a los estadios o consumen gaseosas, leche, queso o pollo frito. Sí, la culpa es utilitaria, pues hay a quienes se le da usarla como instrumento de control.
El catálogo de actividades, actitudes e intenciones que generan culpas es enorme y hay para escoger. Además, es tan fácil y conveniente pensar que alguien es culpable de las desgracias propias o ajenas, incluyendo a los más cercanos a Cristo. Ejemplos hay desde siempre:
Mientras caminaba, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento.
—Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? —le preguntaron sus discípulos—. ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres?
—No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres —contestó Jesús—, nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él.
Debemos llevar a cabo cuanto antes las tareas que nos encargó el que nos envió. Pronto viene la noche cuando nadie puede trabajar; pero mientras estoy aquí en el mundo, yo soy la luz del mundo.
Luego escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y lo untó en los ojos del ciego. Le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”, (Siloé significa “enviado”). Entonces el hombre fue, se lavó, ¡y regresó viendo! (Juan 9:1-6).
A Jesús le quedaba claro que no hay que perder el tiempo en descubrir de quién fue la culpa. Ésa cuestión no le importaba; saberlo no sirve para nada, no ayuda. Lo que ayuda es hacer algo con la desgracia ajena.
La fe es adhesión a Dios y esta cercanía a él quita la culpa: “Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia culpable y exteriormente lavados con agua pura” (Hebreos 10:22).
Foto: vmbustilloCompartir:
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Aquí se trata de charlar animadamente de Dios y el mundo y la vida que nos dio. Celebra con nosotros la experiencia feliz de ser hijos de un Dios feliz.-
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