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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 31/05/2012 in Salvación

    No puedo evitar saltar de felicidad

    La salvación es la antesala de la vida eterna. Zaqueo no lo sabía, pero lo intuía. Vivía de manera incompleta, insatisfecho y con una sensación de vacío, pues no veía clara ninguna de las dos.

    —¿Qué hago en esta vida?— se preguntaba constantemente. Contrario a lo que la gente pensaba cuando lo veía, el dinero no le alcanzaba para cubrir los gastos de la desesperanza y de la lejanía que produce el sentirse odiado por el pueblo. Tenía dinero, pero se sentía pobre. Bienes materiales le sobraban pero no encontraba la paz ni la felicidad. Preso y culpable se sentía y los demás se encargaban de recordárselo constantemente.

    Su mismo nombre le producía angustia, pues aunque su significado fuera “inocente”, “limpio”, no era así como se sentía. Además de ser bajo de estatura, sus paisanos lo aborrecían por su baja condición humana a la que son enviados los usureros. Con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia, diría Ezra Pound.

    Tenía prohibido entrar en la sinagoga y participar de las lecturas y oraciones comunitarias. Por eso, cuando aquel día escuchó que Jesús pasaría por el pueblo de Jericó, el corazón empezó a latirle con fuerza. No pudo terminar los pendientes, perdió el apetito y tarde se le hacía la hora en que podría ver aunque sea de lejos a ese predicador itinerante del que hablaban mil cosas y del que intenta descubrir quién es.

    Algo le decía que el mensaje de Jesús era que la salvación podría ser una realidad en cada acontecimiento vivido día a día en el aquí y ahora.

    Pero era demasiada la gente que esperaba a Jesús en la calles. No se podía pasar para acercarse. Como pudo, se adelantó y subió a un árbol a esperar a que pasara. Se veía muy raro con su costosa túnica y elegantes sandalias, tratando de no resbalarse para poder escalar el sicómoro. Las carcajadas de quienes lo vieron no lo desanimaron. Zaqueo se conformó con eso, como muchos aún ahora: ver a Jesús de lejos. ¿Tenía miedo? Sí, claro; ¿quién no lo sentiría si en el pueblo te señalan como traidor? ¿no haría lo mismo Jesús, quien tenía fama de mago? Si los demás eran excelentes para diagnosticar a los malos, a los impuros y a los pecadores ¿no podría Jesús diagnosticarlo también, leer más allá en su corazón, en lo más escondido de su pensamiento?

    Al pasar bajo el árbol, Jesús se detuvo asombrando a todos. Volteó hacia arriba y, seguro sonriendo, dijo: Hey, tú, Zaqueo, baja ahora mismo, porque quiero hospedarme en tu casa (Lucas 19:5).

    La sorpresa fue mayúscula para todos, empezando por Zaqueo. La alegría había llegado a su casa, pero la crítica también. Ahora, Jesús sería igualmente criticado por juntarse con un pecador. Pero cuando el salvador y el salvado se encuentran, ya nada importa.

    Y como encontrarse con Jesús es liberarse, Zaqueo rompió las cadenas de la avaricia. Repartió lo único que tenía: su dinero. Pero a cambio, Jesús le dio la salvación y le recordó que también, a pesar de lo que piensen de él, era un verdadero hijo de Dios. “Desde hoy, tú y tu familia son salvos, pues eres un verdadero descendiente de Abraham” (Lucas 19:9, TLA).

    La salvación es saltar de alegría de un árbol. También saltar como un ternero cuando sale del establo (Malaquías 4:2). La salvación es el acto de ser liberado de tus prejuicios, ¡y es hoy! (2 Corintios 6:12). La salvación es tener salud, vivir feliz y en paz (Jeremías 17:14) porque se ha aceptado el amor de Dios. Y sobre todo, porque la salvación es para todos (Lucas 3:6).

    ¡Descubrí al igual que Zaqueo, que yo también soy salvo! Qué feliz soy.

    Foto: Ron Niebrugge