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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 14/07/2012 in Sanidad

    Olor a quemado


    La familia de mi amigo la formaban tres adolescentes y sus padres. Se la pasaban en el estrés constante. El padre y la madre trabajaban tiempo completo y daban clases. Los hijos estudiaban toda la mañana, estaban en conjuntos de música y clubes en la tarde y además trabajaban.

    Cada día, temprano, se veía llegar el auto compacto de la familia al campus. Pasaba a toda prisa por la entrada principal. Frenaba ruidosamente frente a una escuela y salía corriendo un hijo. Aceleraba. Frenaba de nuevo más adelante, salía corriendo la señora. Volvía a acelerar y luego salía otro hijo y a los pocos minutos el último. Y luego el señor aterrizaba en su oficina apenas a tiempo.

    Por las tardes las mismas carreras, pero de regreso. Todos los días, todas las semanas.

    El único oasis eran algunas horas del sábado. Iban a la iglesia y se serenaban. Comían juntos a mediodía y charlaban. No había prisa. Todo era tan perfecto.

    Un viernes la señora se anticipó a poner frijoles en la lumbre para tenerlos listos más tarde. Lo había hecho otras veces, cocinar temprano para la noche o el otro día.

    Pero las prisas, ay, las prisas de siempre. Los frijoles se le olvidaron en la estufa. Se quemaron.

    Comenzaron a quemarse poco después que todos salieron de la casa. Siguieron quemándose durante la mañana. Y terminaron de carbonizarse a mediodía. Cuando todos regresaron de los frijoles quedaba una costra negrísima en el fondo de la olla y por toda la casa el olor a quemado.

    Todo olía insoportablemente. Abrieron puertas y ventanas. Airearon especialmente la ropa preparada para usarse al día siguiente, sábado. Al final, resignados, durmieron oliendo a quemado. Esperaban que todo volviera a la normal perfección después de una noche.

    Salieron a la iglesia el sábado en la mañana. Y, oh sorpresa, encerrados en el carro se dieron cuenta de que seguían oliendo mal. Era tan obvio, tan ofensivo el olor, que se quedaron encerrados en el carro. Les dio vergüenza salir y tampoco quisieron regresar. Estuvieron ahí mucho tiempo.

    Tal vez después de lavar todo el olor desapareció, pero a ellos les parecía que seguía presente. Presente como los errores cometidos. Como la culpa. Como la vergüenza porque piensas que todos adivinan lo que hiciste… y es muy malo eso que hiciste.

    Jeremías 2:22 describe esa triste realidad. Por nosotros mismos nunca podremos eliminar nuestro mal. Somos tan inútiles como la olla carbonizada y cascada. Tan repulsivos como el olor a quemado.

    O más bien, ya no somos, lo éramos. Ya que conocí el evangelio, no necesito encerrarme sin remedio. Mi Dios es tan buen lavador que emblanquece mi corazón (Isaías 1:18) y la muerte de Jesús en mi favor es un aroma perfumado que me da vida (Efesios 5:2). Cuando lo acepto él me devuelve la serena perfección de una vida dichosa y sin culpa.