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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 04/06/2012 in Salvación

    Para vivir hay que ser goel


    En su cuento “El inmortal” Borges hace a su personaje protagónico vagar por innumerables tierras en busca de una fuente de aguas que lo haga inmortal, “el río secreto que purifica a los hombres”. Sus acompañantes terminan abandonándolo y él, ciego por la obsesión persigue lo que parece ser el sueño de un loco.

    Pero lo encuentra. Y encuentra la ciudad de los inmortales.

    Siglos después sabe todo, ha visto todo, ha sido todo. Sigue insatisfecho. Y entonces lo invade la desesperación por morir. Razona que debe existir también un agua que le devuelva la condición original. Inicia de nuevo la búsqueda*.

    Borges no lo dice, pero contradice sin quererlo la tesis de la vida como el don más precioso. La vida es lo más valioso, pero no cualquier vida.

    El futbolista John Delaney murió en 1983 tratando de salvar a tres niños en un estanque, aunque no sabía nadar bien. No habría soportado la idea de vivir sin haberlo intentado.

    Desmond Doss (imagen) era cristiano, de la iglesia adventista. Se negó a portar armas durante la Segunda Guerra Mundial por causa de conciencia. Fue asignado a una unidad médica en Okinawa.

    Cuando su batallón intentó avanzar, la densa metralla japonesa derribó a setenta y cinco soldados e hizo retroceder al resto. Ignorando por completo la lluvia de balas, Desmond avanzó y uno a uno recuperó a los setenta y cinco compañeros, los llevó al borde de un risco y los bajó hasta un lugar seguro. La vida de otros superó en valor la propia.

    El inmortal de Borges no habría entendido a Delaney y Doss, pues encontró la vida eterna, pero no la salvación. Es que la salvación son los otros, es descubrir al gran Otro.

    En el antiguo Israel existía la costumbre de que una crisis familiar, la pérdida de la herencia, la muerte de la cabeza de familia, la recuperación de un sobrino hecho esclavo, era responsabilidad del pariente más cercano, el Goel, el rescatador o redentor. Jesús es nuestro Goel (Job 19:25) y yo soy su hermano en desgracia. Yo soy su prójimo, soy el otro en necesidad.

    Somos una partícula de polvo en su universo, con todo, Dios no toleró la idea de desprenderse de nosotros, así fuera merecidamente. Le importa la vida, no cualquiera sino la que nos incluye. Eso es la salvación.

    Sólo cuando este cuadro te quede claro sabrás bien qué misión impuso Jesús a su iglesia. Si todo lo que buscas es no sufrir, acertar en tus decisiones, pronunciar oraciones infalibles, librarte de una conciencia culpable y esperar con paciencia el día de rencontrarte con tus amados ausentes, acabarás predicando nada o la versión farisea de las doctrinas bíblicas, para que nada perturbe la vida eterna que tanto trabajo te cuesta.

    La única vida que vale la pena inicia cuando conoces a Dios y al Goel (Juan 17:3). La única vida feliz te hace vivir para ser el goel de tu prójimo, para que tenga esa misma rica y feliz salvación.

    lee Romanos 9:3

    *no te digo el final para no arruinar la sorpresa