• author
    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 04/07/2012 in Salvación

    ¡Que pasen los acusados!

    Dos hombres son detenidos como sospechosos de un robo. Como la policía carece de pruebas contundentes, decide proponerles por separado un trato: si los dos confiesan, sólo pasarán dos años en  la cárcel. Si uno de ellos confiesa, pero el otro no, quien confesó quedará  libre y el otro se irá diez años a prisión. Ahora, si ninguno de los dos dice nada, confiando el uno en el otro, sólo seis meses estarán encerrados. Ninguno de los dos sabe ni tiene idea de lo que el otro va a decir. ¿Qué hacer? ¿quedarse callado o confesar?

    Esta situación hipotética se conoce como el dilema del prisionero y a quién se le ocurrió fue al matemático canadiense Albert W. Tucker y maestro en Princeton de los genios Marvin Minsky y John Nash.

    Me quedo pensando, ¿Y cuál será mi situación en este mundo y ante Dios? Por un lado, desde pequeño se me ha enseñado que nací en pecado, que somos esclavos del pecado, ¿entonces?, pregunto.

    ¿Me encontraré en una paradoja? Decido consultar al Señor en su Palabra, seguro de que tiene algo para mí. Y sí. La Escritura declara que todo el mundo es prisionero del pecado, para que mediante la fe en Jesucristo lo prometido se les conceda a los que creen (Gálatas 3:22). Por esta razón yo, Carlos, prisionero de Cristo Jesús me arrodillo en oración (Efesios 3:1) confesando con mi boca que Jesús es el Señor, creyendo en mi corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, ¡y entonces seré salvo! (Romanos 10:9).

    Sí, resultó una paradoja. Siendo prisionero, soy espiritualmente libre en Cristo Jesús, quién pide que esta buena noticia se difunda, pero ya: ¡anuncien libertad a los cautivos! (Lucas 4:18).