de http://myretirementchronicles.blogspot.com/2010/11/big-splashes.html

Rompeolas de entrega

Como una ola enorme me azota el mal, me golpea en mis prójimos de todas las distancias. Carcome las bases. Va desgranando los pilares de la casa grande; planeta le decimos. No parará, qué bah, no tiene para cuándo acabarse la tormenta, tempestad afilada como si nos odiara.

Lo admito, yo mismo la alimento a veces, aporto mis dosis de caos y con eso aliento la vergüenza y el olvido, que duelen como el desamor.

Unos cuantos, los heroicos, levantan barricadas para desafiar la nube tóxica que mata a su paso la esperanza. En labor de zapadores emprenden la imposible tarea de impedir que las manos de mil dedos acusadores terminen de construir la pared que obstruirá para siempre la luz al final del túnel.

Los heroicos le dan voz a los mudos, a los muertos de miedo y angustia, a las señoras ojerosas que se deshidratan a punta de lágrimas por sus hijos que ruedan cuesta abajo, a los abuelos encorvados de tanta pena aguantada en una vida dentada por la que se jactaban de no tener de qué arrepentirse (ay, necedad, mejor admítelo de una vez: ¡cuántas cosas estuvieron mal!).

La infección ponzoñosa avanza invencible, trastorna, rompe lazos, me vuelve traidor, me hace mirar de reojo y fingir con maestría.

Qué sicosis perversa se nos aferra con garfios al alma. Nos obliga a exprimir la Tierra para bebernos pródigos sus jugos sin importar que matemos de sed a las generaciones que vienen, si es que vienen.

Si no fuera por los heroicos todo sería en vano. Ellos son lazarillos de ciegos, de los ignorantes o alienados que cayeron al pozo, se rompieron los huesos y ansían un momento de reconciliación con la vida, aunque sea breve, para hacer por lo menos una cosa bien, porque eran el estafador que dejó en la miseria a decenas de familias, la solapadora del incesto de su esposo, el gobernante que primero medroso y después megalómano autoconvencido y narcisista vendió a su pueblo a cambio de lujos pasajeros y dos o tres estatuas en ciertos parques.

Viene la desgracia, viene, seguro viene. Pero los heroicos abren sin temor la puerta de sus casas para refugiarte, aun a sabiendas de que no podrás pagar, que agotarás su alacena, que no los dejarás dormir de pasar horas y horas contando tus penas a unos oídos que soportan sin merecer.

El mundo se cae a pedazos pero Dios se las ha arreglado para mantener en medio del desmoronamiento a un puñado de gente a dos grados de ser ángeles. Todo para decirte no te caigas, no te unas a la ola, porque si ellos, los heroicos, almas indefensas y de brazos flacos, pueden poner un hasta aquí a la perversidad, ¡cuánto más un ventarrón de justicia del Señor barrerá por siempre los nubarrones cuando él venga!

El mundo no tiene remedio, pero la gente sí. Los heroicos son la prueba.

2 Corintios 5:18-20

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