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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 10/10/2012 in Misión

    Rumbo al heroísmo


    Nehemías es copero del rey.

    Hace falta un buen padrino o trayectoria larga e impecable para estar en la corte, porque ése es un lugar de muchas envidias, pleitos y zancadillas. Yo creo que el rey Artajerjes lo sabe pero opta por no fijarse. Quizá cree que las mezquindades de los súbditos, que se hacen entre ellos la vida imposible con tal de estar más cerca del trono, son un mal necesario y, después de todo, él no tiene tiempo para esas cosas porque hay un imperio que atender. Y a una persona de esa importancia no la puedes andar perturbando con tus pequeñeces. ¿Conclusión? Prohibidísimo traer a la corte los malestares de la vida cotidiana, de la vida pedestre.

    Nehemías lo sabía y le costaba no mostrar su tristeza cuando se enteró (las malas noticias vuelan) de que sus hermanos de sangre sufrían intentando sobrevivir en las ruinas de la ciudad de sus padres. Y él tan cómodo atendiendo al rey, codeándose con pura gente perfumada y de maneras gentiles, caminando por pasillos lustrosos y en salones frescos. Ah, y la comida y los festivales y las salidas a cazar con el séquito, todo eso hace mella.

    Supongo que el copero estaba hecho de otra madera. La realeza con sus espejismos no había logrado borrarle la herencia ni devaluar la historia que, tatuada en el corazón, era más que relatos; para él historia era igual a rumbo. No se avergonzaba de los pozos de esclavitud en que su gente, los israelitas, se habían metido a lo largo del tiempo. Se avergonzaba más bien cuando hacía quedar mal a su Señor en el cielo.

    Te decía que no se podía mostrar tristeza en la corte, ante el rey, pero su angustia no era la de un simple copero, era el clamor de un pueblo de siglos que ruega por otra oportunidad. Un clamor magnificado por Dios. Ah, porque esto era cosa de Dios. ¿De qué otro modo cómo explicas que el soberano del imperio, el poderoso sin par y sin rival, se enterneciera y decidiera hacer algo por su esclavo y concediera facilidades asombrosas en favor de los obstinados israelitas? ¡Te digo que es cosa de Dios!

    Ver la reacción benigna de Artajerjes habría sido suficiente impresión, pero luego ver que un cortesano de medio pelo sale de la capital del imperio, Susa, virtualmente transformado en gobernador de Palestina, no apocado, no angustiado, sino con la determinación de ángel que recién ha estado charlando con el soberano del universo, no, eso es más de lo que se puede decir con palabras. Te hace un nudo de emoción, te quita la voz.

    Cuando Dios te libera para convertirte en su embajador, te coloca en un sitio alto, altísimo, y te da un brillo que ilumina lejos.

    “Señor, no digo que quiera ser un héroe (como que sé el precio que pagaron los antiguos y pagan los presentes y a mí, lo admito, no se me da el martirio por gusto), pero, ¿qué tal que me ayudas a abandonar la encorvada actitud de un esclavo resignado, medroso, y me enderezas espalda y vida, levantas mi mirada y me empujas en definitiva fuera de la capital del reino en el que vivo y al que me he acostumbrado, para emprender una marcha digna hacia la misión, grande o pequeña, que puedo cumplir para ti?”