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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 26/07/2012 in Iglesia

    Se buscan gigantes, lo que cuesten


    El rey Federico I de Prusia, padre de Federico el Grande, tenía una marcadísima inclinación militar, por lo que dedicó cuantiosos recursos a la formación de su ejército. Claro que siempre andaba uniformado, faltaba más. Su guardia personal eran los famosos Granaderos de Postdam, para la cual tenía una especie de criadero.

    Así es. Federico buscaba, seleccionaba, cohechaba o incluso secuestraba a hombres muy altos, de más de 2.10 metros de estatura, para su guardia de los Granaderos. Hacía que estos gigantes se casaran con mujeres también muy altas para poder “criar”  la materia prima de su guardia personal. Su propia fábrica de gigantes.

    Definitivamente, no calificaría yo para ser llamado a la guardia de los Granaderos. Pienso en algunos conocidos míos y sonrío al imaginarme al rey Fernando gritándonos: ¡Hey, ustedes, cambien de circo!

    Qué difícil es a veces desempeñarse en una función del ejército del Señor. Unos se saben altos y se sienten superiores, sumamente calificados para una responsabilidad; otros, en cambio, nunca llegan a pensar que son los idóneos. El problema es que ambos grupos están en el mismo lugar, en la misma trinchera. Hacer que la sinergia se dé en estos casos es a  veces frustrante, por decir lo menos. Estamos en una sociedad de alta competencia, donde se nos enseña que la maestría y la calidad deben ser mostradas y servidas en un platillo gourmet, de presentación exótica, sabrosa y digna de contemplarse. La convivencia en estas aldeas, digámoslo de algún modo, es tirante, tensa. ¿Dónde está el justo medio, sí es que existe?

    Pienso en Jesús cuando fundó su pequeña aldea. Sus discípulos, comparados con la excelencia de la religión formal, eran casi todos unos inútiles. Algunos de ellos ni siquiera sabían leer y escribir. ¿Por qué seleccionó Jesús a quiénes en la actualidad no pasarían los exámenes más básicos de un head hunter cualquiera? ¿Será Jesús el culpable  de que algunos consideren el cristianismo  una religión mayoritariamente de pobres, que hace que  los ricos no se interesen?

    Mi percepción es que al elegir Jesús vio ante todo la disposición que esos jóvenes tenían de aprender. Los calificados, los eruditos, los expertos, los doctores de la ley, creían saberlo todo y que no necesitaban aprender nada. Y sin embargo también esos eruditos, si hubieran aceptado, habrían tenido un lugar con el maestro.

    Ahora, modernos y posmodernos, niños, jóvenes y adultos, urbanos y provincianos conformamos una gran aldea en la iglesia. ¿Cómo convivir? Se me ocurre que no dejando de pensar en lo que Jesús requería al principio, cuando fundó su movimiento: capacidad de aceptar que aún podemos aprender. Todos. No sólo los menos calificados.

    Introspección y autocrítica serían un buen primer paso, especialmente si ya nos creemos gigantes, absolutamente aptos para el servicio. Pero en realidad el verdadero primer paso es la iniciativa del otro rey, mi Rey, a quien imagino gritándome: ¡Hey tú, ven a mí! ¡No importa cómo te vean, te acepto en mi reino! No te necesito como guardia ni cortesano ni bufón de mi corte. Quiero elevarte al mismo rango que yo como hijo mío.

    “Sean ustedes santos, porque yo, el Señor, soy santo, y los he distinguido entre las demás naciones, para que sean míos” (Levítico 20:26 NVI).