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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 03/10/2012 in Esperanza

    Sensible a la injusticia


    ¿Cómo podría regalar juguetes en días de fiesta si no siento la penuria de los huérfanos solitarios, abandonados (ésa es la palabra correcta), culpables de nada? ¿O cómo podría regalar botellas de agua en mi tiempo libre si no percibo la descorazonadora asimetría social que deja sedientos en medio de los calores al jornalero y su mujer, quienes tienen por techo una lámina metálica?

    Pues precisamente de sentir se trata la cruzada personal y familiar que emprende todo cristiano genuino. Porque actos filantrópicos los realiza también el gobierno y las empresas que buscan deducir impuestos. Los realizan quienes se sienten culpables de alguno de los muchos pecados a escoger que hay en la vida. E incluso los chantajistas y los políticos, para lograr otros fines ganándose el apoyo de las masas depauperadas.

    Pero sentir, es decir, saber de qué se trata, estremecerse por el dolor del otro y sufrir solidariamente la abundancia de buenos sueños que nunca se cumplirán, califica tus actos con bondad verdadera y, más importante aún, abre brecha para los pies del otro y produce esperanza. Ante todo, crea en el cristiano la nota distintiva: compromiso con las causas justas y la necesidad humana. Compromiso.

    Conozco un pródigo aventurero cuya profesión es crear estrellas y rodearlas de mundos y cometas inesperados. Sé de buena fuente que siempre rechazó mirarse en el espejo de sus propias glorias porque tenía el alma en un hilo de ver a sus hijos queridos perderse en una selva de circunstancias, vagando con la ropa echa una vergüenza o casi desnudos, llagados y ciegos, heridos de culpabilidad y condenados a muerte. No se conformó con el informe puntual de sus enviados e inspectores. Como él siente y sufre y se desespera con la tristeza de los otros, vino personalmente a meter el hombro bajo la carga y a sostener la mano leprosa y decir a quienes quisieran saber que le daban unas ganas tan grandes e inaguantables de llorar porque cómo era posible que sus parientes, su propia familia, se murieran así, llenos de penas, en un camino de olvidos. Y más lágrimas le brotan porque él es la vida en persona y pocos quieren creerle.

    Cuando pienso en él se me quita la urgencia de saber de doctrinas y ya no tiene caso entender los retruécanos de las lenguas bíblicas. Hay tan poca paz y tanto dolor en el mundo que la teología acaba cansando y las profecías dejan de atemorizar o servir de brújula. Es que sólo quiero sentir como el pródigo aventurero, ser capaz de ver al otro con sus ojos y que a mí también me nazcan unas ganas irrefrenables de renunciar a lo que haga falta para que en el prójimo renazcan esperanzas.