• author
    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 19/06/2012 in Misión

    Si me prestas tu cinto te revelaré tu futuro


    Qué chistoso el Agabo. Un día vino a Cesarea a ver a Pablo. En ese tiempo las cosas no estaban para reírse; no, ni ahora: No es que me burle del profeta Agabo, sólo que me causa gracia su estrategia. Así fueron las cosas.

    Pablo ya tenía varios años predicando en Asia Menor y en el sur de Europa. La verdad que el tipo era bueno en su negocio, porque había hecho una revolución. El cristianismo inició con un puñadito de judíos menospreciados por prácticamente todos. Y en eso llegó Pablo, un muchacho muy listo, bien educado y culto, ah, y con unas ganas de comerse el mundo solo, que puso las cosas de cabeza.

    Predicó y predicó por todos lados. Surgieron montones de creyentes y centros de predicación. El problema es que pronto la mayoría eran gentiles, no judíos, y a los que sí eran judíos nos le gustó que entraran facilito a la iglesia, con sólo decir que aceptaban el evangelio de Jesús y se bautizaran. “Bah”, decían, “y ¿nosotros? ¿acaso no ha valido de nada que por generaciones los hombres se circuncidaran (eso duele) y que estuviéramos manteniendo con nuestros ganados un culto con tanta cosa y ceremonia? ¿y que nos mantuviéramos separados y diferentes? Ahora resulta”, seguían diciendo, “que cualquier gente puede aspirar a entrar al reino de Dios nada más con fe. No parece justo”.

    Aparentemente la cuestión había quedado resuelta cuando los dirigentes aprobaron que a los nuevos conversos no se les exigiera aceptar toda la parafernalia judía, sino sólo lo concerniente a algunas cosillas  (ver Hechos 15). Pero como se vio después, la solución había quedado por encimita porque muchos judíos en el fondo le guardaron gran resentimiento a Pablo, a quien consideraban culpable de abrir la puerta de par en par de la iglesia a los no judíos.

    El apóstol no era una persona que se echara para atrás (cosa de ver las cicatrices que tiene) y cuando se presentó la oportunidad de volver a Jerusalén (la boca del lobo) no iba a ser la excepción. Y eso que por todos lados, durante ese viaje de regreso, se encontró con cristianos que le decían, por inspiración de Dios, que en Jerusalén le esperaba persecución (nadie quería decirlo, pero ponían cara de temer que también lo mataran).

    Resulta que nadie pudo convencerlo. Por eso llegó a Cesarea sin apenas hacer pausas (a unos 70 km al norte de Jerusalén). Se tomó unos días ahí para descansar, pero en unas jornadas más llegaría a la capital. Entonces apareció Agabo en escena.

    No sé de dónde habrá salido este hermano. El caso es que una mañana llegó a casa de Felipe, donde se hospedaba Pablo, le pidió su cinturón (¡y Pablo se lo dio sin chistar!) y allí, frente a los presentes que miraban intrigados, sin mediar palabra comenzó a sujetarse los pies con el cinto y luego como pudo se enredó las manos. El profeta (después se sabría que lo era) quedó en el suelo bien amarrado y entonces dijo algo así: “Dios dice que esto le harán en Jerusalén al dueño del cinto”. Y tú ya sabes quién era el dueño.

    Me causa gracia porque hubiera bastado con decirlo. Pero no, había que hacer drama para que calara. Y claro que caló en todos los presentes… menos en Pablo, quien se sintió más envalentonado y decidido. Las peores amenazas del pasado no lo habían detenido y no lo harían ahora.

    Algunos podrían pensar que Agabo no logró su cometido; en cambio yo creo que lo logró con creces. Comunicó lo que debía y eso puso a continuación de relieve algo que aprecia Dios (y con lo que cuenta): la libertad de las personas para decidir qué harán con el mensaje recibido.

    lee el episodio en Hechos 21:8-15