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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 21/08/2012 in Relación

    Sin emociones y esclavo

    Muchos le tienen pavor a los sentimientos. Se sienten débiles, cursis o indefensos. Creen que la razón debe regir nuestros pensamientos y, en consecuencia, nuestros actos. Lo que muchos no saben es que los razonamientos y acciones son el resultado del tipo de sentimientos que se poseen. Hoy se sabe que los factores emocionales no pueden separarse del pensamiento cognitivo, aunque esto la gente no lo cree, porque prefiere aferrase a lo que puede decidir, pensar, planear, ejecutar. En fin, prefiere nadar en aguas tranquilas, a pesar de que las emociones no están separadas de la razón, sino que son su fundamento, porque nos dicen exactamente qué valorar.

    No es de extrañar que los esfuerzos de muchos creyentes se basen en la conducta, la cual es, al fin de cuentas, medible, visible, vamos, tangible. Es algo que ven, evalúan y al final fácilmente enjuician con la razón que creen tener. Muchos cristianos razonan que se deben de esforzar por mejorar la conducta sin darse cuenta de que tiene más sentido el esfuerzo de dejar de buscar ser fuerte, por ejemplo.

    Sin embargo, quien actúa así descubre tarde o temprano que por más que se esfuerza no consigue su objetivo, ¿por qué? porque el énfasis está basado en él; piensa demasiado en sí mismo. No piensa en Dios, ni en la novia ni en nadie. Estas personas llegan a padecer el complejo de Narciso, ese personaje de la mitología griega enamorado de sí mismo, quien, al contemplar su figura en las tranquilas aguas de un río, terminó cayendo en él. La flor que nace en la ribera se llama Narciso para recordarnos la historia.

    Me resulta curioso que al final lo que deseaba Narciso era ser abrazado. Nadie lo hacía, de manera que quiso abrazarse él solo.

    Ay, los sentimientos, acaban abrumando y traicionando a los más racionales. Por eso, la mayoría de los fieles de la conducta padecen de una especie de dependencia de la autocensura. Se hacen esclavos de su fortaleza, paradójicamente. Consideran debilidad la expresión de las emociones, por lo que se vuelven austeros, disciplinados y fuertes. El problema es que terminan ejerciendo de pequeños tiranos en su familia o en su lugar de trabajo. Se vuelven controladores y manipuladores. Ejercen autocontrol, pero también son implacables controladores en su entorno. Como se convierten en estoicos, aplazan el placer. No creen tener derecho a pasarla bien, ser felices o divertirse, porque “Dios es serio, ordenado y respetuoso ¡exactamente como yo!”

    Donde atisban un momento de alegría, placer o felicidad, la interpretan como rebelión, falta de espiritualidad o irreverencia. Les parece inconcebible que Dios pueda ser divertido o que su presencia pueda convivir en lugares o en reuniones que no encajen con su medida de justicia o su norma de conducta. Con el correr de los años se instalan en el proceso del anhedonismo, la incapacidad o nula disponibilidad para el placer. El placer, si gratifica, debe de ser malo, sentencian. Y si él no se divierte, nadie deberá hacerlo.

    Pues sí. Se ha privilegiado una mal entendida supremacía de la razón, a costa de subestimar la relación con sus propias emociones.

    ¿Cómo es que llegamos aquí? ¿Será porque subyace en la mente de las personas que “tienen” que hacer algo para ganar el favor de Dios y entonces apuestan al dominio propio y reprimen las emociones que los podrían hacer perder su batalla personal? ¿Será que todavía en las alturas de nuestra relación con Dios creemos en el sacrificio a un dios pagano? ¿Será que está en el imaginario colectivo aquel adagio, apócrifo pero contundente: “Cómo dice el Señor, ayúdate que yo te ayudaré”? Pudiera ser.