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    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 18/08/2012 in Relación

    Sin ti

    Estiro el lazo que nos liga, el cordón umbilical de tu vida que me nutre, porque lo siento estorboso, que no me deja caminar a gusto. Lo culpo de mis tropiezos (si tan sólo fuera realmente libre) y finjo que no está. Los días de mis desganas lo arranco, es fácil; me alejo primero tanteando con duda el terreno que el miedo me hace creer fangoso, luego corro a saltos y zancadas, por el terreno que mi vanidad me hace creer seguro.

    Me voy hasta de tu mirada, Señor, a gastar mi herencia (pensando por qué no estás muerto para que mi conciencia no tenga asideros). A derrochar, a vivir, al menos hasta el amanecer, cuando la borrachera me dejará tirado en medio de mi muerte y todas las culpas en tropel me escupirán y me molerán a golpes en el suelo.

    Con todo, no es suficiente la vergüenza. No para volver al menos. Dicen que me esperas, ¡qué me importa que me esperes! ¡no quiero saberlo, no! no quiero, no…

    Me aguanto la vergüenza y los fracasos me los trago. Tengo mi orgullo, no me vencerás Señor, ya no me tienes cautivo, soy libre para morirme si se me pega la gana. Y se me pega, faltaba más. Porque mira, esta mente que tengo me la he ganado a pulso. Me sobra inteligencia e ingenio; ya me las arreglaré como pueda, ya veré cómo me hundo en otra jornada de vértigo para el olvido.

    Porque sí, lo confieso; no quiero acordarme. Y es que si lo hago me asalta la añoranza del hogar pacífico y delicioso junto a ti… pero mira lo que haces, no puedo comenzar a recordar porque me acorralas.

    Pero, ¿será verdad que me esperas? No es que me interese, sólo es curiosidad. Que esté en la calle, sin dinero, sin amigos, es temporal. Lo es que tenga días con los labios partidos y las mejillas hundidas y plomizas por no probar bocado, que me miren con desprecio, que hablen a mis espaldas y, peor, que digan que no soy nadie, que no tengo nombre, que no me reconocen, que el terreno ya no es firme sino un pantano en que me hundo sin remedio.

    ¿Sigues esperando? ¿qué no ves que soy un trapo que pisan los puercos, que no tengo ni sombra y el sueño se me ha ido, como yo me fui de ti? Negué que te conociera, hice pedazos la constancia de tu nombre y me saqué tu sangre y tiré lejos el corazón que latía a tu ritmo.

    Por eso Dios, Dios mío, estoy muerto sin ti, soy polvo, soy nada.

    Salmos 139:7-14

    foto: All Things Wildly Considered