• Tal vez estás muerto, tal vez no lo sabes

    Ridículas e inútiles maneras hay de morirse, por Dios. Como la de los hermanos neoyorkinos; eran millonarios y tenían la compulsión de recolectar las cosas más inverosímiles: pianos, lavadoras, planchas, máquinas de coser y una infinidad de objetos con los que alcanzaron a llenar los dos pisos que ocupaban en uno de los edificios de su propiedad. Acumularon tantas cosas que un mal día ya no pudieron salir a conseguir comida. Murieron de hambre y mordisqueados por las ratas. Cuando los bomberos lograron entrar encontraron más de doscientos sesenta mil ejemplares de periódicos.

    Recuerdo también la muerte del acróbata que se lanzaba de las cataratas del Niágara dentro de un barril. Siempre salía ileso. Pero una mañana en una esquina de su pueblo se resbaló con una cáscara de naranja y ya no se recuperó de la caída. Murió poco después a consecuencia del golpe.

    Y ¿qué tal la muerte de aquel muchacho inglés que sufría de neurosis de limpieza? Se bañaba varias veces al día y en cada jornada se vaciaba hasta ocho envases de desodorante. Resultado: envenenamiento por metano.

    ¿Supiste que el rey Adolfo Federico de Suecia amaba comer y murió por ello? Conocido como “el rey que comió hasta morir”, falleció en 1771 a los sesenta y un años a causa de un problema digestivo luego de comer una cena gigantesca consistente de langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo, ciervo ahumado, champaña y catorce platos de su postre preferido: sémola, relleno de mazapán y leche.

    En fin, historias hay muchas. En las iglesias se dan historias, también. Y sí, suelen darse muertes ridículas. Es cuándo crees estar vivo, pero estás muerto; vivo físicamente, pero muerto espiritualmente. No es tan difícil detectar los casos:

    • Los miembros de la iglesia tienen vidas falsas; en realidad están sumergidos en alcoholismo, violencia intrafamiliar, adulterio, piratería tolerada. Nunca se arrepienten, porque aquella vida es secreta.
    • Para compensar, los miembros le dan demasiada importancia a cuestiones no esenciales.
    • Se adoptan y ejercen actitudes negativas y sin sentimientos.
    • Hay líderes preocupados por la organización y los programas, no por las personas.
    • Se realizan servicios aburridos e intrascendentes.
    • O se realizan servicios entretenidos, pero sin sustancia.
    • No se tienen verdaderos amigos en la iglesia por quién preocuparse, sino compañeros de banca.
    • La iglesia no deja pensar a las personas por sí mismas; prefiere recurrir a ideas ajenas.
    • Cuando al fin se buscan soluciones, se plantean alternativas de aprendizaje que no presentan la verdadera solución: Enseñar más doctrina, tener programas más interesantes y sermones inspiradores, enseñar profecía, mayordomía o del santuario, aceptar elementos contemporáneos en los cultos, música por ejemplo, o hacer promoción de la reforma pro-salud.

    Es triste y ridícula esta muerte espiritual porque podría evitarse si tan solo se plantearan otras sencillas soluciones: Cristo en nuestras vidas, hacer lo que hizo Cristo y salir a preocuparse por alguien.

    “Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado. Así que empezaron a hacer fiesta (Lucas 15:24 NVI).