• author
    • Fiñe Alberto Moncada

      Ingeniería y Teología
    • 09/08/2012 in Sanidad

    Terapia en el cerro


    Conocí a James Farrington cuando él estudiaba medicina. Enseñó a un grupo al que yo pertenecía algo de escalada en roca; todos tomamos el curso básico, pero sólo yo continué practicando; en parte porque el James me caía bien y en parte porque me dan miedo las alturas pero son irresistibles y magnéticas.

    Un sábado de noche fue a buscarme. Me dijo que en las afueras de la ciudad había descubierto una torre, no sé, de telecomunicaciones o algo así. Tenía cincuenta metros de altura (subió contando los escalones y luego midió un escalón y multiplicó, como tú lo hubieras hecho). Estaba enrejada pero siendo de noche nadie nos vería; era el sitio ideal para hacer rapel.

    Era una necedad… ¡y dije que sí!

    Tardamos largo rato para llegar, subir, montar todo el sistema de cuerdas y sólo unos segundos en descender velozmente por una cuerda en medio de la oscuridad fría. Fue increíble.

    James me contó que antes de estudiar medicina dedicaba tiempo a un grupo de drogadictos. El tratamiento que él les aplicaba era llevarlos a la montaña y hacerlos escalar y y luego bajar en rapel; suena de miedo, pero es muy disfrutable. Ahora yo sabía por qué funcionaba la terapia. Es que era liberadora.

    Cuando Moisés pensó estar listo para sacar a los israelitas de Egipto dio un paso en falso (Éxodo 2:11-15) y Dios tuvo que llevárselo al exilio; nada más y nada menos que cuarenta años. Eso sí que es mucho tiempo para subir y bajar un cerro. Ni modo; necesitaba tomar distancia y tener una experiencia liberadora.

    Pienso también en Pablo, un tipazo; fuera de Jesús él es el autor de prácticamente todo el Nuevo Testamento. Pero antes se llamaba Saulo y se pasó tres años rumiando su vida en Arabia (Gálatas 1:17-18). Estaba intoxicado de pasado y debía desprendérselo a jirones. La soberbia era su droga (la peor que hay) y Dios iba a quitarle el vicio no a punta de reproches y latigazos, sino andando con él por el camino, pateando piedritas con él mientras charlaban muy largamente. Y funcionó, te diré.

    Tomar distancia, pensar y pensar, hablar con el Señor. Ésa es la receta.

    lee Proverbios 3:5-7