• Vengo a reconocerte, pero no me quiero morir

    ­—Mira qué elegante vienes, aunque éste no es lugar para los zapatos Balli ni la corbata HZ que luces —lo dijo sin sarcasmo y el recién llegado quiso responder a tono, ligero, para ambientarse.

    —Es para que me contemples mejor.

    —Pero es noche ya, ¿a qué vienes?

    —A reconocerte como un gran maestro, Señor. No cualquiera hace lo que tú haces.

    —¿A reconocerme? ¿en serio? ¿Y por qué de noche y a escondidas? Tienes un concepto del reconocimiento un poco extraño.  Hoy en la mañana a plena la luz del Sol pasé frente al templo, ahí hubieras aprovechado para reconocerme. Sí, frente a todos tus iguales, no que ahora ¿te parece una gran cosa venir a ponerte a la orden en la penumbra, protegido bajo la oscuridad de la noche y envuelto en tu gabardina Guy Laroche?

    Cambia la actitud del visitante. Se pone tenso, se siente descubierto, pero el maestro continúa:

    —Y para comenzar, la única manera de que reconozcas realmente a un ser espiritual es que tú lo seas también. Por demasiado tiempo has estado preocupado por la materia que te rodea. Para que veas, ¿en qué año naciste?

    —Yo, pues, deja acordarme… no sé, hace mucho ya.

    —Mala respuesta Nicodemo, porque así te llamas ¿no? Mejor ve y muérete. Nace de nuevo y aquí te espero. En cuanto seas una nueva persona, me reconocerás.