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    • Carlos López

      Valuación industrial
    • 31/08/2012 in Salvación

    Ya pagué, sólo sube y viaja


    Entro a la estación del metro en Frankfurt y la veo desierta. Ni un alma ronda los sobrios andenes, decorados con azulejo veneciano de colores pastel.

    La máquina expendedora de boletos parece sonreírme, como dándose cuenta que soy forastero. No hay caseta, ni vigilantes, ni nadie a quién preguntar de manera que valientemente me enfrento a la casi robótica e intimidante máquina con múltiples mensajes que ante mí se presentan como jeroglíficos.

    Después de varios intentos, logro que me dé un boleto por 2.60 euros. ¡Excelente! casi grito para compartir mi logro, pero no hay con quién hacerlo.

    Y ahora, ¿a quién le doy mi boleto? No hay habitáculo disponible por ningún lado para hacerlo. ¿Qué se hace para subirse al tren? Empiezo a voltear a todos lados buscando los rehiletes de entrada, pero no existen; casi desesperado, llego a pensar que el boleto se debe de introducir de nuevo en la máquina expendedora.

    En eso estaba cuando llegó una persona local. “Calma Carlos, ¡cópiale!” pienso. Esperé a que comprara su boleto para ver qué hacía con él. Para mi sorpresa la persona no hizo nada, fue y se sentó en las bancas de acero del andén para esperar el tren.

    Fue entonces que caí en cuenta. No existen los controles de entrada porque ¡la entrada es libre! El servicio está basado en la confianza. Tú pagas tu boleto, tú puedes usar el servicio. Un supervisor puede solicitar aleatoriamente tu boleto, aunque me cuentan que es muy raro, pero puede pasar.

    La loca de la casa, mi imaginación, otra vez me asalta para sugerirme que lo que vivo en la estación del metro se parece a mi vida. Vivo en constante libertad de acción y de tránsito por los andenes de la vida, sólo que he creído que esa libertad yo la he comprado y que tengo derecho a realizar mi viaje. No he entendido que mi viaje hacia el reino de Dios es un boleto que ya ha sido pagado; sí, que el Señor ya ha pagado mi boleto.

    Pero no lo quiero creer. Ando constantemente buscando dónde depositar el derecho de peaje. ¿Acaso no quiero deberle nada a nadie? Quiero creer, quiero confiar, quiero permanecer.

    “Señor, gracias por mi boleto prepagado y por la libertad que me das”.

    Frankfurt, 31 agosto 2012