No le hagas caso a la abuela

La abuela Loida siente que se muere a ratos de añoranzas, pero está en paz. ¿Qué mezcla de misión cumplida y despedida súbita le tiene pasmado el corazón? Su nieto querido, la luz de su vida, Timoteo, se ha ido a recorrer el mundo para hacer bienes y anunciar un reino mesiánico. Ay, cómo lo extraña, ¿qué será de él? "Ay, que me lo cuides Dios del cielo; ¿estará contento? pues cómo no; estas ansias me van a volver loca".
Así se la pasaría todo el día si no fuera porque su hija Eunice lucha todo el tiempo por que ambas se mantengan ecuánimes. La lleva al mercado por más telas, con ellas hacen cortinas, manteles, cobijas y vuelta a comprar más telas, o a preparar conservas o a ayudar a Berenice con su bebé recién nacido. Listra sigue siendo ciudad pequeña, pero no quiere decir que esté quieta.
La abuela está triste cuando se acuerda de Timoteo y eso que aguantó a pie firme la despedida y estuvo más que convencida de que ése era en definitiva un llamado del Alto Altísimo.
El hermano Pablo se lo llevó a predicar, a anunciar ese algo tan grande que requiere dos, tres, muchas voces para pronunciarlo. No dijo nada de su edad, que lo veía tan jovencito; ni les recordó que él era la esperanza de la familia, de volver al redil del pueblo elegido. No, no es que le reproche a Eunice haberse casado con un griego; eso ya lo superó; los tiempos nunca fueron fáciles para nadie, así que, ¿para qué complicarlo?
No dijo nada en la despedida, pero esa noche se le fue en llorar lágrimas por tandas. "Señor, gracias por rescatarlo para ti; Señor, tráelo de vuelta; Señor, no me hagas caso; Señor, ¿no te preocupa el corazón de una anciana que te ha sido fiel? Señor, no importa lo que te pida hoy, no me hagas caso; Señor, recuérdame siempre que mi renuncia es tan poca y tan nada en comparación con el Jesús que te mataron; Señor, tráelo de vuelta; Señor, ¿no te digo no me hagas caso?..."
El jovencito se volvió el hombre previsto. Pablo pisó lo bastante fuerte para que su huella fuera clara y el discípulo no se extraviara. Timoteo, además de ser fiel al llamado y convertirse en un ministro de renombre en Asia, se multiplicó. A la misión paulina se añadieron las voces y las manos de Gayo, Crispo, Cuarto, Silas y muchos nombres extraños más.
¿Quién pagó realmente el precio de la ausencia de Timoteo? O, más importante aún, ¿quién pagará por esas renuncias que hacemos cuando recorremos el camino angostísimo del salvador, teniendo que echar a un lado la carga extra que no pasa, que no cabe?
Él lo hará. Sabe lo que nos cuesta. Pero también sabe que nuestros sacrificios personales, ignorados, tan poca cosa para muchos, con un buen tanto de Espíritu Santo son capaces de cambiar la historia e inaugurar esperanzas luminosas. Y eso, te digo, es el comienzo ya de la recompensa.

2 Timoteo 1:5
 

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16 Mar 10

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