La iglesia-festival

No es un diagrama de flujo, claro. Una iglesia con entradas previstas, salidas programadas, captura de errores y corrección de procesos no es iglesia. No es una empresa ni una industria, mucho menos una línea de montaje, tampoco un taller para el recambio de piezas y adaptación de parches para permitir el funcionamiento.

Dicho así suena obvio, incluso ridículo; tristemente, ocurre. La realidad muestra grupos de cristianos organizados para producir adeptos, engordar registros y optimizar la liturgia. Su fin parece ser la reproducción de un modelo, la homogenización y, cada vez más, el control.

La iglesia-fábrica nos considera productos y sus fariseos se sienten llamados a aplicar un constante control de calidad, cada vez más sofisticado y moderno.

Como reacción …