Morir por ser la primera
Pero qué contenta te ves, niña. Tan orgullosa de Jefté, tu papá, tan emocionada de contarle a todo el mundo que él es el héroe, que regresa al pueblo como libertador.
Tus amigas, las que te quieren, te roban trozos de alegría, celebran contigo. Y tus amigos, porque los tienes, ¿verdad? piensan que te ves más simpática cada día.
Cuando vuelva tu papá, cuando termine la celebración, le dirás que lo admiras y que te encantaría que le diera su bendición al muchacho que te pretende. Él lo conoce desde niño, sabe que es de buena familia, trabajador y tan varonil… bueno, esto último no se lo dirás a él. La fascinación que sientes por el más guapo del pueblo …
Dios cumplió, la esperanza permanece
Imaginemos que estuviste en Belén aquella noche. Eras un niño pastor y todo te impresionaba. Más si se trata de brillantísimos ángeles tapizando el cielo nocturno, que cantando festivamente no dan miedo sino una risa buena y una alegría tibia.
No entendías mucho, pero sí te quedó claro que el recién nacido estaba destinado a la grandeza, que su sangre noble excedía la de todos los monarcas y que el mundo estaba por entrar a su período más glorioso con él.
Imaginemos que pasan los años. Dejaste atrás tus inicios infantiles en el pastoreo, tus manos ya no están callosas ni tu piel tostada por el sol. Prosperaste. Inspirado por la visión de la natividad resolviste ser un hombre bueno …
